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#25N: Por nuestras vidas y por las que ya no están

Por Valeria López Álvaro*

Por Valentina, por Vanessa, por Angie, por Gaby: POR TODAS.

Hola lector o lectora, seguro no me conoces personalmente pero me llamo Valeria y soy una persona que vive en Quito. Hace dos años nos unimos con diversas compañeras feministas y articulamos nuestra lucha por la reparación y para frenar la impunidad en Ecuador ante la violencia machista y los centenares de feminicidios -asesinatos de niñas, mujeres o personas con cuerpos feminizados- que se visibilizó masivamente en la Primera Marcha Nacional Vivas Nos Queremos 2016.

Juntas y sin ningún financiamiento, nos hemos sostenido para denunciar la inoperancia y complicidad del Estado ecuatoriano al no llevar un proceso de prevención y peor aún de indagación, sentencia y reparación de los familiares víctimas de feminicidio. Cada año el número de casos ha aumentado de manera alarmante teniendo como origen la violencia machista y a mujeres y madres de familia que incluso poseían una boleta de auxilio (información entregada por representantes de la plataforma Vivas Nos Queremos en entrevista a Radio Pichincha el 25 de julio 2017).

Ahora estoy escribiendo porque me preguntaron si podría contarles sobre mi postura ante la violencia de género. Al inicio, sugerí que sería preferible que lo hiciera alguna de mis compañeras que han trabajado más años y forman parte de un organismo o institución de derechos humanos que brinda atención directa a personas víctimas de esta violencia.  Pese a mi sugerencia, me explicaron que en La Caja Negra querían hacer públicos testimonios de formato libre que rescataran la voz de quienes trabajamos desde una postura no institucional y en primera persona. Accedí. Y por eso ahora escuchan mis ideas que responderán desde el feminismo y mi vida.

Convocatoria en el verano de las arte de Quito VAQ 2017 / Cortesía Valeria López.

Entre las violencias: enfrentar la violencia machista

Los motivos que me llevan a luchar se podrían dividir en dos: uno argumental y otro existencial. En el plano argumental, a diario compruebo la realidad de violencia que vivimos en Ecuador y que, como la hemos naturalizado, a veces nos impide darnos cuenta de la misma. No obstante, existe una violencia más específica y sin duda diferente: la violencia que vivimos las mujeres. ¿Cuál?

Tras haber sido acosada en la puerta de mi casa a los 11 años mientras esperaba que mi mamá me recogiera, temer en clases los modos abusivos e intimidantes de un profesor universitario, ser perseguida desde la parada de bus hasta mi casa por dos hombres que comentaban sobre mi cuerpo y cómo les gustaría tener relaciones sexuales conmigo, o al ser insultada cuando camino sola o sin “hombres junto a mí”. Esta violencia específica, que yo y varias niñas, mujeres y personas con cuerpos feminizados hemos vivido tiene nombre y apellido: violencia machista.

¿He receptado violencia machista? Sí. Al crecer y relacionarme con otras personas, varias me dijeron que las mujeres no tenemos los mismos derechos humanos que el prototipo de “hombre, heterosexual, proveedor o superior”; otras aún argumentan que yo no tengo soberanía sobre mi cuerpo o sobre mis derechos reproductivos; a veces se me relega como algo natural el rol de futura procreadora o cuidadora de un hogar e incluso me han señalado como culpable cuando otros me violentaron. También, mientras crecía sentí impotencia ante relaciones desiguales a nivel económico y de pareja que estuvieron basadas en discriminación por yo ser la mujer.

Por eso, hace años dije BASTA, ya que en su grado extremo, la violencia machista conduce hasta el asesinato cuando un feminicida considera a las niñas, mujeres y personas con cuerpos feminizados como una propiedad suya o un ser inferior cuya vida puede arrebatar sin tener consecuencias.

Lo antes escrito pudo sonarles un poco repetitivo como argumentos de las feministas. Sin embargo, luchar contra estas vivencias que se han unificado con mi praxis, me permiten llegar hasta motivos existenciales. Actuar contra la violencia machista es mi necesidad vital. Mis piernas caminan hasta las reuniones, mi voz se levanta durante una marcha, mis manos se agitan en un plantón y pierdo miedo de ser, de vivir y de existir al sentir que empujo, junto a mis compañeras y mi familia, una utopía: hacer posible que las niñas, niños, las mujeres y personas con cuerpos feminizados no debamos “cargar” toda nuestra vida con el peso de una agresión, de una violación sexual, o con el temor a caminar en la noche solas.

Sí. Queremos transformar el sistema patriarcal que sustenta al económico, queremos que haya respeto total a las relaciones de parejas diversas a las heterosexuales, queremos que no hayan denuncias de niños y niñas acosadas y violadas dentro de sus escuelas y colegios, no queremos más desapariciones de niñas y mujeres ante las cuales la Fiscalía no da respuesta.

¡Queremos! Y cuando imagino la posibilidad de vivir en esa “otra sociedad”, mi cuerpo y mi rostro se abrigan pese al frío.

¿Por qué en Ecuador las feministas luchamos para seguir vivas?

De modo más personal, me permito contarles que hace 7 años sentí miedo extremo al caminar sola, subir montañas y, en determinados momentos, hasta sentí temor de salir de mi casa. Fue entonces cuando en mi historia de vida, al “releerme, comprendí  que era una sobreviviente de un episodio de violencia machista y estructural.

Tras algunos procesos de sanación, entendí que mi terror inició cuando tuve 13 años en un asalto/secuestro en el que no fui asesinada por dos hombres, aunque sus machetes, escopetas y pistolas estuvieron durante 8 horas apuntando a mi cabeza y a mi corazón. Si ahora puedo escribir estas palabras es porque uno de ellos decidió no asesinarnos o mutilarnos a quienes estábamos allí, pero las  eternas horas de amenazas y amedrentamiento se marcaron en mi corazón y en mi memoria.

Asumir la realidad de este evento que quise negar como mecanismo de autoprotección, enfrentarlo años después y seguidamente, en junio del 2016 conocer el caso de Valentina Cossíos Montenegro -niña de 11 años por quien su madre exige justicia hace más de 1 año tras haberla encontrada muerta en su escuela ubicada en la avenida 6 de diciembre en Quito-, ponerme al tanto de que en Ecuador los feminicidios anuales rebasan los 100 casos, que el 76% de las mujeres sobrevivientes de violencia identificó como principales agresores a su pareja, expareja o amantes, que existen 4 años de impunidad y ausencia de sentencia ante feminicidios  (datos del “Manifiesto geográfico contra violencia hacia las mujeres” del Colectivo Geografía Crítica, hecho público en agosto, 2017) como el de Vanessa Landínez, que varias mujeres lesbianas a quienes conozco fueron internadas y violadas en “clínicas de des-homosexualización” -al ser consideradas por sus familias y por la sociedad como “enfermas” aunque cumplimos 20 años de prohibir criminalizarlas– así como defender la opción de abortar que las mujeres tenemos sin que hayan centenares de procesadas y encarceladas por haberlo hecho… todo esto hace que más allá del temor,  para sanarme y para existir, yo lo transformé en un motor para asumir la época en que nacimos, fortalecernos, exigir justicia y no permitir que el horror sea normalizado.

Marcha Vivas Nos Queremos convocada por #8M #NosotrasParamos, Quito 08-03-2017 / Cortesía Valeria López.

¿Cómo enfrentar la violencia machista desde el feminismo?

Hace un año, el 26 de noviembre en Quito, aproximadamente 7.000 personas estuvimos en las calles. Cuando recorríamos la ruta de la “Marcha Nacional Vivas Nos Queremos” a la altura del Teatro Nacional Sucre, volteé mi mirada y no logré divisar el final de la congregación que, rebasando el dolor, se vistió de tonalidades violetas, rosadas, negras y amarillas.

Transformar el dolor en lucha”, “marchar para sanar”. Me repito desde entonces.

Mientras participaba en el primer bloque que estuvo formado por familiares de niñas y mujeres asesinadas, familiares de desaparecidas, mujeres violentadas y sobrevivientes de violencia machista,  retumbaron hasta mis huesos nuestras consignas: Señor, señora, no sea indiferente: se mata a mujeres en la cara de la gente”, “Soy la dueña de mi cuerpo, es mi derecho decidir”.  

En esta marcha, que también se hace en Lima, Buenos Aires, La Paz, Ciudad de México y otras localidades del mundo, se promueve la erradicación de la violencia contra las mujeres, nosotras las feministas y personas defensoras de derechos sexuales, reproductivos, abortistas, artistas, académicas, profesoras, la comunidad LGBTIQ+, ecologistas y activistas de diversos lugares, nos unimos rebasando diferencias porque hemos visto nuestros ojos en los ojos de las familias que han perdido a las niñas y mujeres que integraban su hogar. Esa mirada nos genera la responsabilidad de acompañarnos y de trabajar juntas en donde “nadie se cansa” (ni nos cansaremos).

Luchar por seguir vivas en Ecuador

Este sábado 25 de noviembre a las 16h00 en la plaza de Santo Domingo volvemos a manifestarnos tomándonos las calles de Quito. Llevamos a cabo esta acción porque, según el informe CEDHU y el manifiesto de la plataforma Vivas Nos Queremos, una mujer es asesinada cada 50 horas en Ecuador por una persona cercana. Hasta hoy registramos 194 feminicidios (2017) y existen 241 mujeres judicializadas y apresadas por abortar.

Además, tras la campaña desinformativa de “Con Mis Hijos No Te Metas” se ha amenazado a personas de las diversidades sexogenéricas, discriminándolas, difamándolas y cuestionando con argumentos falaces la Ley de Prevención de las violencias a niñas, mujeres y grupos LGBTIQ+. Ante esta arremetida conservadora y fascista, si bien la lucha es diaria y cada una de nosotras la hacemos resistiendo desde la educación, la protección de derechos, el apoyo y defensa legal a familiares de víctimas de feminicidio, el periodismo independiente o como acompañantes en casos de aborto, todas defendemos nuestro derecho común a vivir en plenitud.

Por otro lado, a la mujer que no necesite, lo decida y no requiera abortar, la respaldamos para que traiga con amor y salud nuevos seres al mundo: en Vivas Nos Queremos marchan también parteras y mamás con hijas e hijos en brazos o coches.

Pese a habitar en medio de una humanidad que a veces asumo deshumanizada, de sobreproducción extrema, egoísta e ilógica, mis motivaciones y mi camino aparecen más claros por dentro y se visualizan por fuera junto a mis compañeras cuando, sin intereses egocéntricos o partidistas, la respuesta respecto a lo que hago y defiendo me provee de arte y de una vida más humana por la que nos jugamos cada instante. En esta militancia comprometida por una existencia en plenitud,  el autoconocimiento y la lucha política bailan juntas y permiten sonreír con sensatez, albergar profundidad y, bajo parámetros de justicia, detener a quienes no les importa la vida a través de nuestro cuestionamiento y expresando que no nos representan ni “nos darán tomando” decisiones.

Ante más de 20.000 denuncias de mujeres en el grupo #MiPrimerAcoso y #NoCallamosMás, ante la destrucción irreparable que genera el machismo, respondemos organizándonos con la fortaleza de sabernos aún vivas y sostenidas “por las que ya no están”. Ante el odio y la llenura de cosas, nos hacemos poesía, sororidad y asumimos los vacíos desde la ternura, la danza y el cuidado común en nuestra revolución.

Las feministas reconquistamos la confianza y tejemos anhelos desde la valentía: sabemos que estar vivas es un viaje del que no puedes bajarte: a veces puedes descansar,  relajarte y dormir, pero mientras estemos respirando no nos daremos opción a morir.

Esta es mi historia.

Estas han sido y son mis razones, sentimientos, argumentos. Y esta es mi voz en la oportunidad de vivir despierta y sin tanto susto o tristeza acumulada… Me alimento de los motivos que antes mencioné, pero sobre todo del sentirme parte de un universo misterioso y posiblemente infinito en el cual vivo y lucho con más fuerza cuando después de sentirme rendida, contemplo el cielo con estrellas en la noche y callo al presenciar algo hermoso que también es posible construir.

Finalmente, me asombra haber nacido y ser persona. Me gusta ser mujer y ser la vida que soy. Más allá y más acá de lo difícil, voy a seguir viviendo con música en la piel, feminismo en la acción y fortaleza en cada reflexión. Porque una teoría no siempre nos alcanza pero, tras recuperar el movimiento y asumir una postura ante lo vivido, iremos susurrando y gritando desde nuestros cuerpos pequeños, desde el centro del planeta, que nosotras nos lanzamos en contra del dolor -aunque nos duele-  y nos aventamos contra la muerte -sabiéndonos mortales-. Porque es radicalmente distinto morir tras haber cumplido tus anhelos que al ser asesinada en un acto de violencia machista.

¿Se toman las calles de Quito con nosotras este sábado 25 de noviembre?

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* Docente e historiadora enfocada en el estudio de procesos sociales y artísticos del siglo XX en Latinoamérica. Trabaja desde la Educación Popular en la promoción de los sectores vulnerables del sur de Quito. En el 2016 se “autoconvocó” y participa en la plataforma de colectivas y personas feministas “Vivas Nos Queremos”.
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