Por Sharvelt Kattán

En el movimiento de gobierno la alianza nunca ha sido completa. Si en 2006 Rafael Correa se refería de una “organización política de ciudadanas y ciudadanos, de organizaciones, movimientos y colectivos”, para el siguiente año ya empezó a hablar de “traidores, vendepatrias y chantajistas” cuando ciertos sectores que lo habían respaldado, comenzaron a criticarlo.

El nuevo golpe vino con el tiempo: algunos de los ideólogos de la llamada Revolución Ciudadana se mostraron inconformes con la forma en que se manejaba el gobierno. Dos hombres capitales de AP, Alberto Acosta y Gustavo Larrea, se desvincularon del proceso, no sin lanzar y recibir lapidarias acusaciones.

Al cabo de los años, el movimiento de gobierno se vio roto, dividido en dos bloques. La ciudadanía empezó a intuir el problema: había un ala izquierda y una derecha.

Unos vieron en el grupo de Augusto Barrera, José Serrano, Lenín Moreno, María Fernanda Espinoza… los residuos del socialismo que había prometido iniciar un “cambio de época”. Al otro lado estaban los que apostaban por políticas más pragmáticas; Jorge Glas a la cabeza. En el centro, haciendo malabares para mantener la armonía, Rafael Correa.

O eso parecía, porque a las pocas semanas de asumido el cargo, Lenín Moreno, flamante presidente de la República, inició el distanciamiento. Lo hizo de manera tibia al principio, y más abierta y sardónica después.

Las acusaciones entre ambos recrudecieron cuando el primero habló de la deslealtad de su sucesor, y el segundo afirmó que, de a poco, “el país va a ir abandonando ese comportamiento ovejuno”, en referencia al estilo impuesto por Correa.

Pareciera entonces que ya se puede vislumbrar el quiebre total de Alianza PAIS, pero… hay cosas que no se pueden obviar.

Las investigaciones por parte de Fiscalía en el caso Odebretch han vinculado al exministro de Energía, Alecksey Mosquera, por el presunto delito de lavado de activos y han arrojado varios nombres que, de cierta forma, se relacionan con Jorge Glas. Su tío Ricardo Rivera es el principal.

El vicepresidente aparece todavía como una figura incómoda para Moreno. Los supuestos casos de corrupción, su poca popularidad y las discrepancias ideológicas son un dolor de cabeza para el equipo del presidente. Si fuera por el primer mandatario, Jorge Glas ya habría dejado el cargo… sin embargo, el factor Correa todavía es gravitacional.

El expresidente ve en él a uno de sus hombres de mayor confianza. De hecho, es lo más cercano que puede estar del poder ejecutivo, y es muy probable que continúe presionando a su propio movimiento para que zanje definitivamente los problemas que hoy acosan al vicepresidente. Pero a estas alturas, con su supuesta vinculación en el caso Odebrecht, permitida desde la propia Asamblea, es difícil que Glas no cause más problemas dentro de AP, por aquella confrontación de quienes lo apoyan y quienes lo quieren lejos.

Por otro lado, la Contraloría General del Estado citó a la exministra de Transporte y Obras Públicas, María de los Ángeles Duarte, a que presentara pruebas de descargo sobre una investigación realizada por esa institución acerca de los costes de construcción de la ruta Collas. Según el informe preliminar, habría una glosa de USD. 111 millones.

No sería extraño pensar, entonces, que el distanciamiento sea calculado, y, de hecho, extremadamente mediatizado. Así, el actual presidente tiene la suficiente cancha como para dejar que el balón de los escándalos de corrupción dé un par de botes antes de arrojarlo lejos: si las investigaciones vinculan a más funcionarios del gobierno anterior, Moreno podrá salir bien librado al mostrarse ya como un gobernante distante al correísmo.

La famosa “mesa servida” es otro de los temas cruciales. Cuando el exmandatario Rafael Correa dejaba el poder, habló de 10 años de estabilidad política y económica que dejaban al entrante Moreno un país en buenas condiciones. La realidad, al parecer, es otra.

Los problemas financieros son grandes y las deudas por inversión pública difíciles de cubrir. A Moreno podría venírsele encima la avalancha de críticas que, durante años, los opositores habían guardado para arrojárselas al gobierno saliente. ¿La mejor manera de librarse de ellas? Aumentar la brecha entre ambos y unirse al bando de los que afirman que la mesa estaba, más bien, vacía.

A Correa la estrategia no deja de serle útil: si el gobierno de Moreno fracasa, él no se verá salpicado, porque antes de su viaje a Bélgica ya advirtió del problema en el que Moreno se estaba convirtiendo para el país y para su movimiento.

En un hipotético regreso para 2021, podría aparecer como la ¿definitiva? salvación a todos los demás gobernantes del Ecuador: el hombre que dejó un país en óptimas condiciones y que es mejor que vuelva a restaurarlo todo.

Si, en cambio, el gobierno de Moreno es un éxito, ya encontrará la forma de enfriar las cosas ante la opinión pública y prorrogar los 14 años de Revolución Ciudadana.

Pero detrás de esta hipotética posibilidad, surge una menos ideal para la supervivencia de Alianza PAIS: la consulta popular y una virtual reestructuración del Estado, con la salida de varios funcionarios de la “era Correa” como objetivo principal.

Sin duda, la aparición de la “vieja guardia” del movimiento trajo temas propios para la agenda de Moreno y muchos necesitarán tirar abajo las bases de la “patria altiva y soberana” ideada por Rafael Correa.

Y dentro del movimiento ese remezón se sintió, porque si el punto de equilibrio entre ambos polos en AP parecía ser Ricardo Patiño, con su salida del equipo de Moreno, esa tabla de salvación se resquebrajó.

A Moreno parece importarle más salvar su gestión que el nombre de la Revolución Ciudadana, aunque sea a costa del hundimiento del movimiento, con todo lo que eso, en un futuro no muy lejano, puede significarle a su imagen política. El pragmatismo con que Moreno habla del proyecto político de AP, pero cuestiona a su mentalizador, es muestra de que, más allá de los sentimentalismos y amistades, el actual presidente está dispuesto a imponer su propia receta. Aunque al líder del movimiento no le guste para nada aquello. Pero…

Con una virtual consulta popular en el panorama, y las cada vez más cercanas elecciones seccionales, ¿Moreno tendrá tiempo y posibilidades de romper de una vez con Alianza PAIS y salir adelante por cuenta propia? ¿O preferirá bajar las tensiones casa adentro y asegurar un triunfo pacífico?

Y aunque las posibilidades cada vez son menores -con la denuncia de Moreno de un posible caso de espionaje político, orquestado desde el teléfono móvil de Correa, la reconciliación parece lejana-, Moreno sabe que la soledad es mal vista en época electoral.

Por ahora Alianza PAIS parece rota y condenada a la extinción; pero que se reagrupe, así sea temporalmente, para vencer otra vez en las urnas, es algo que no puede descartarse. Más si Moreno toma en cuenta que, aunque hoy su popularidad sea altísima, parte importante de ese apoyo proviene de un público todavía cautivo por Rafael Correa y que sería perjudicial perderlo en tan poco tiempo.

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