Opinión

Barcelona, jo t’estimo

Por Gabriela Moreano

Imagen: Viñeta de Forges

Cuando llegué a Barcelona hace casi un año, comparaba con unas amigas españolas el nivel de peligro de Latinoamérica y Europa. Yo, recién venida de Ecuador, les contaba los reflejos y manías que había desarrollado a lo largo de mi vida como mecanismos de protección: mirar atrás cada tanto cuando camino sola por la noche, nunca descuidar mi bolso, no sacar mi celular en la calle, nunca aceptar volantes, cerrar las ventanas del carro cuando me detengo en un semáforo… Ellas por su parte alegaban que aquí, si bien el crimen es mucho más escaso, una vive con la amenaza del terrorismo, de no saber en qué momento, ni cuándo, ni dónde algo terrible podría suceder. “Terrorismo”, una palabra tan lejana para mí, tan abstracta, tan inocua. Sus preocupaciones y las mías eran muy distintas.

Hoy me hago eco de sus temores. Hoy sus preocupaciones son también las mías. Hoy entiendo el terror, la angustia y la imposibilidad de actuar. Hoy yo también fui Barcelona, Londres, Alepo, París, Kabul, Niza, Charlottesville, Berlín.

La noticia de lo sucedido llegó desde Ecuador. Mi hermano me escribió preocupado.

Mi primera reacción fue de negación. La dificultad de asimilar que una desgracia de esta magnitud haya pasado tan cerca de ti. Intentas, entonces, distraerte, llenar tu cabeza de banalidades. Tratas de minimizar el dolor. Atesoras el desconocimiento, la ignorancia de los daños, las cifras, los responsables. Pero la realidad va tomando forma; la muerte ya tiene nombres y caras. Solo esperas que ninguna conocida.

La negación pierde sentido. ¿Y si me hubiera pasado a mí? ¿Y si yo hubiera estado ahí? Y es que no resulta improbable: las Ramblas y Plaça Catalunya son el corazón de esta vibrante ciudad.

Las llamadas de la familia empiezan a sonar. Las notificaciones del Whatsapp no se detienen. Y comienza el baile: confirmar que estás bien y asegurarte de que tus seres queridos también lo estén. Empiezas rápidamente a pensar en todas las personas cercanas a ti, en la pequeña familia que formaste, en los que están en tu misma condición y en las amistades que te hicieron parte de su ciudad. Escribes, se reportan. Están bien. Respiras tranquila. Pero cuando se rompe este patrón, emerge la angustia: una amiga que vive al lado del lugar de los hechos tardó una hora y media en responder. Llegaba a Plaça Catalunya en tren desde su pueblo; dentro de la estación no la querían dejar salir, la alertaron de un ataque terrorista. Logró escabullirse hacia Passeig de Gràcia y fue ahí, apenas puso un pie en la calle, que escuchó disparos. Cuenta que todo el mundo empezó a correr, a echarse al suelo y, como ella, a refugiarse en portales cercanos. Ya dentro, vecinos del edificio ofrecían bebida a las personas, brindaban ayuda, fraternidad, humanidad. Su historia, afortunadamente, termina mejor que la de muchos este día. Está bien, está viva, está a salvo.   

En medio del caos logras sentir amor y solidaridad, pero la preocupación es latente. Nuestra seguridad ha sido vulnerada. Nuestra ciudad (en mi caso adoptiva pero a la que quiero profundamente y a la que siento como un segundo hogar) ha sido violentada.

Hoy, “esta ciudad de paz, diálogo, democracia, valiente y abierta al mundo”, como bien expresó la alcaldesa Ada Colau, se suma a la lista de metrópolis que han sido ofendidas por el terror. Sin embargo, en su intento por levantarse no ha hundido a nadie más, no ha demonizado a otra cultura ni religión. Ha sabido distinguir, puntualizar y condenar a los responsables.

No tengo duda de que Barcelona se pondrá de pie; y es que es una ciudad para admirar, un ejemplo a seguir. Aún con el alma rota, sus autoridades y residentes han rehuido las generalizaciones y han evitado vincular al terrorismo con un fenotipo. Que los cobardes que intentaron sembrar miedo sepan que no lo lograron. En palabras del catalán Xavier Vidal-Folch, “los hijos de Miró nunca aprenderemos a odiar”.

Hoy, tots som Barcelona.

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