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¿Cómo sobrevivir un EDOC con seis entradas? – Parte II

Por Gabriel Galarza*/ Fotografía cortesía de EDOC

Quiero mirar el último largometraje del director mexicano Everardo González, invitado especial de quien se realizó este año una retrospectiva compuesta por seis documentales. La función es a las 19:15 en Incine y tengo tiempo suficiente para llegar. Los primeros días la concurrencia no es abrumadora. Al hacer la fila empiezo a conversar con Ivonne Carrera, una cinéfila jubilada y miembro de Qui-cineclub, del que me entero por primera vez. Se trata de un grupo que nació a partir de un taller de apreciación de cine en la Casa de la Cultura Ecuatoriana, con más de veinte miembros, que funciona ya ocho años en el barrio La Floresta.

Mientras se apagan las luces tenemos un poco más de tiempo para conversar. Ivonne me dice que “un público más organizado se forma mediante cine-clubs”, en los que puedes hacer un acercamiento más pormenorizado a las películas que miras. Para ella, los EDOC son importantes porque “es formación de nuevos públicos, y también de la gente que está estudiando cine”. Es antropóloga y ha realizado mucho trabajo de campo, en el que usaba constantemente “el cine como una herramienta para capacitar, concientizar”.

Súbitamente se apagan las luces de la sala 1 de Incine y tenemos que detener nuestra charla. Entramos, por decir lo menos, en el infierno: “La libertad del diablo”, el último largometraje del director mexicano, se construye alrededor de los testimonios de las víctimas de la violencia en ciudad Juárez, pero también de sus actores. Los testigos están cubiertos con máscaras que se mojan lentamente con sus lágrimas y recuerdan la máscara de Rorschach. Lo acompañan imágenes de la ciudad, de fuego y desolación, introduciendo al público en un ambiente de profunda desazón y angustia. Para resumir, anoto aquí una de las frases más impactantes, proferidas por uno de los asesinos: “Es un asco ser militar”.

El sábado 12 todo es más cotidiano. Cuando llego al Incine, preocupado porque no he visto la película de Woman Make Movies que había pensado y estaré en la charla de Debra Zimmerman, me encuentro con un silencio sepulcral. Ni siquiera la pileta, que ayer calmaba algo el ánimo a la salida del infierno, está encendida. Atravieso la escuela de cine para parquear mi bicicleta y siento que estoy en medio de una especie de prueba, porque a mi derecha hay personas sentadas que observan atentamente con esfero en mano. El graderío por donde tengo que atravesar está repleto de personas y tengo que pedir permiso para pasar. Todos hacen mucho silencio y empiezo a ponerme nervioso. De pronto escucho un grito: ¡Silencio por favor que vamos a grabar! Y lo entiendo todo. Dos minutos (largos) después: ¡Corte, gracias! Siento entonces que tengo que dejar de actuar, porque ya se acabó la escena. En los EDOC, me digo, de pronto uno está en una película, literalmente. Todos empiezan a hablar otra vez y veo caminando por todas partes a un estudiante que ayer en la noche me vendió un cup-cake muy rico. Es el productor de la película que hoy se está rodando. Todo encaja perfectamente.

En la charla de Debra Zimmerman la sala está repleta, algunas personas deben verla desde el segundo piso. Ella es la directora ejecutiva de la organización feminista Woman Make Movies, creada con el objetivo de promocionar el cine independiente hecho por y sobre mujeres. Aclara que su organización “ayuda a financiar, mas no financia las películas, sino que dedica esfuerzos para mostrarlas al mundo”. Hay muchas personas interesadas entre el público: productores, cineastas jóvenes, profesores, estudiantes, artistas y amantes del cine, que están en todas partes. Al salir doy una vuelta por el barrio, mirando los bares y cafeterías que este año ofrecieron descuentos a los asistentes del Festival, y que forman un agradable circuito para recorrer La Floresta.

Sigo conservando mis entradas, aunque sé que en la semana siguiente tendré menos tiempo para usarlas. Me quedan todavía cinco y hoy hay otra función gratis. Quiero ir en la segunda semana porque sé que habrá más gente y será más divertido, y hoy aprovecho yendo al parque Gabriela Mistral, en La Mariscal, en la que se proyectará otra película de Woman Make Movies que me llama la atención. “Un hombre mejor” cuenta la historia de Attiya Khan y su exnovio Steve, de quien recibió abusos cuando fueron pareja, hace 22 años. Es una película difícil de mirar, y seguramente mucho más difícil de hacer, porque revive la experiencia terrible de una relación en la que hay una víctima y un verdugo, contada por él mismo y repensada una y otra vez por ella, mientras regresan dolorosamente al pasado.

A las 18:50 están terminando de armar las carpas en el lado sur del parque. Hay todavía poca gente pero empieza a llenarse. Antes de empezar converso un momento con Alfonso Marín, malabarista autodidacta, a quien le parece ‘bacán’ que existan funciones al aire libre, pero que también rescata el hecho de “pagar por ver las pelis”. El clima está templado, pese a los días fríos que lo han precedido, y la gente está cómoda. Se queda hasta el final. A un lado del público se detiene un momento Jaime Guevara y mira los testimonios de la chica, pero se va enseguida. No alcanzo a preguntarle nada.

En los siguientes días debo hacer una larga pausa, sin poder asistir a algunas de las funciones importantes. Se presenta, por ejemplo, la película “Propagandia”, de Carlos Andrés Vera, una exploración del “fenómeno mediático que permitió una concentración de poder sin precedentes en Rafael Correa”. El estreno de “Huahua”, que prefiero mirar casi al final en el parque Cumandá. Y el re-lanzamiento de la Asociación de Documentalistas del Ecuador, que quiere convertirse en impulsor de este tipo de cine en el país.

Solo puedo volver el miércoles 16, en el que me tomo la tarde para mirar “Luz de América”, del ecuatoriano Diego Arteaga; el cortometraje “Aliens”, del español Luis López Carrasco y el largometraje “Cada muro es una puerta”, de Elitza Gueorguieva. Obviamente, gastando solo dos de mis entradas. El Ocho y medio está repleto y cada vez es más difícil circular, pero el Café Intag es un lugar muy agradable y se ve que las personas disfrutan.

Karen Gabat, socióloga de 55 años, dice  sobre “Luz de América” que le “gustó la película, la idea experimental de dedicarse al tema de la luz, que me parece difícil”, y sobre los EDOC “el Festival me encanta, trae muchos mundos de todo el mundo aquí a Quito y eso es lindo”. Para María, profesora de la UDLA, el cortometraje “Primavera” y el largometraje “Fuera de Campo”, de Bolivia, “no tenían una factura muy buena, parecía que querían experimentar en lo estético, pero no estaba muy bien logrado, hay cuestiones que parecen defecto, que yo imagino eran intencionales, pero lo estético no debería oscurecer lo narrativo”. Lo mismo o algo parecido sintió Cristina, jubilada, con “Luz de América”: “Hay una idea fuerte atrás pero las imágenes no lo muestran, realmente me quedé un poco decepcionada de esta película”. Me sucedió algo parecido con la película de “Gueorguieva”, así que decidí retirarme enseguida, pues aún me quedaban dos entradas y debía aprovecharlas hasta el domingo.

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*Comunicador y periodista independiente especializado en temas culturales.
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