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¿Cómo sobrevivir un EDOC con seis entradas? Parte III

Por Gabriel Galarza*/ Fotografía cortesía de EDOC

El jueves 17, a las 16:30 estoy en la Universidad Central. Me llama la atención la charla sobre nuevas narrativas y tecnologías del género documental que esta edición ofrecía en dos ocasiones, una en Incine y la que estaba por empezar. Los expositores son los miembros de Imán Transmedia, una nueva empresa ecuatoriana dedicada a la producción en múltiples plataformas, a la interactividad y a la realidad virtual, que eran los temas expuestos. Lo esencial es el “cambio de lógica en la producción y consumo audiovisuales”, en la que el autor “pierde el control sobre el discurso narrativo” y en el que hay un “diseño centrado en el usuario”.

En la sala del Museo Universitario (MUCE) hay más de cuarenta personas, entre estudiantes, gestores culturales y profesores. La mayoría jóvenes. Aunque la sala no suena muy bien, los asistentes se mantienen atentos a la valiosa información que comparten los creadores de esta innovadora iniciativa, basada en la creación de un universo que pueda encajar como “tetris” en múltiples plataformas. Ejemplo de ello es la película “El Secreto de la Luz”, de Rafael Barriga, un documental interactivo rico en información que narra la vida del explorador sueco Rolf Blomberg, en el que se puede interactuar accediendo a los instrumentos de investigación, mirando las fotografías y las ilustraciones que de Ecuador se conservan en archivos, y que de otro modo no serían tan fácilmente accesibles. Este y otros proyectos son presentados mientras llegan todavía más estudiantes. Es un público muy específico, aunque el tema da para auditorios más grandes y públicos muy variados.

Como me quedan solamente dos entradas, decido sabiamente. O al menos eso es lo que creo. En el transcurso he recibido tantas recomendaciones que empiezo a pensar que no he visto nada. Sin embargo, me siento tranquilo porque he podido conversar con las personas y el enriquecimiento es mutuo. Quedan pendientes películas como

  • “Torero”, de la ecuatoriana Nora Salgado;
  • “De Padres e Hijos” de Talal Derki;
  • “Mi vida con el TOC”, del ecuatoriano Paúl Narváez Sevilla;
  • “Años Luz”, de Manuel Abramovich;
  • “Siguiente Round”, de Ernesto Yitux y Valeria Suárez Rovell.

El sábado 19 estoy pendiente de la función de “Huahua”, en Cumandá, que también es gratis. Así me reservo todavía dos posibilidades más. Llego un poco tarde a la sala pero por suerte me dejan entrar. Me recibe Janeth Pomaquero, de 35 años, que tiene un local en el barrio La Libertad, en donde vive con su esposo e hijo, sentados a su lado. De pronto hay un súbito apagón y la sala queda a oscuras entre la confusión del público. Como no vi la primera parte, aprovecho y es Janeth quien me la resume. “Huahua” aborda el conflicto de una pareja que está a punto de tener un hijo, y no sabe cuál será la identidad con la que educarán al niño. Narra desde esa perspectiva un conflicto sobre la identidad que es común no solo a Ecuador, sino a toda Latinoamérica, en la que se vive una dificultad antigua por definirse, por identificarse como indígena o como mestizo.

Luego de una media hora más de película hay otro apagón, justo en la parte más dramática. En el conversatorio, no obstante, lo agradecen, porque les ha dado tiempo para reflexionar. Un sociólogo entre el público felicita al director y a los protagonistas, señalando la importancia del tema y haciendo notar que el problema sigue siendo actual. Para Antonio Salazar, periodista de 33 años, el documental es interesante porque “lleva la voz indígena”, y se pregunta qué hubiera pasado si la película la hacía un mestizo, o un afro, por ejemplo. Me cuenta además que “Siguiente Round” es “una narración guayaquileña, se siente al guayaquileño en la narración… Entonces, son las diferentes voces de los ecuatorianos”.

Por último, Verónica, investigadora de FLACSO Ecuador, me dice que es triste que “no se de la lectura de los indígenas que hemos crecido en la ciudad. Yo crecí en Quito y creo que tampoco es una pérdida total de la identidad porque básicamente estamos en nuestra ciudad. Los indígenas hemos migrado hace muchos años a la ciudad por cuestiones de trabajo y pienso que no hay una pérdida total de la identidad, y creo que hay que rescatar esas cosas”. Ella va vestida con anaco, una camisa blanca llena de hermosos bordados y alpargatas de color azul oscuro.

Voy directamente a la Sala Alfredo Pareja porque en media hora será la función de clausura, y no me la quiero perder. Este año el Festival exhibió al público un producto del trabajo del agregado cultural ecuatoriano en Francia, Jorge Luis Serrano, en conjunto con esa embajada y el Instituto Nacional del Audiovisual de ese país (INA), en una función única que estuvo marcada por la evidente emoción de todos los asistentes. Aunque los preámbulos tomaron casi 45 minutos, fueron valiosos para conocer la historia de las latas que halló Serrano en el sótano de la embajada ecuatoriana en Francia, en las que se conservaron por casi cien años las cintas de nitrato de celulosa que contenían las imágenes inéditas del Quito de los años veinte, celebrando sus cien años de independencia.

Para mayor sorpresa, me enteré en ese momento de que sería un cine-concierto, con música compuesta por Daniel Mancero e interpretada en vivo por Mateo Gangotena. En la larga intervención participaron, además de Jorge Luis Serrano, el Director de los EDOC Alfredo Mora Manzano, el Embajador de Francia en el Ecuador Jean-Baptiste Chauvin y el Director de la Cinemateca Nacional, Diego Coral López, quien destacó la necesidad de trabajar en materia legal para la conservación del patrimonio audiovisual ecuatoriano.

Terminadas las intervenciones, y en presencia de las latas con las cintas, que fueron entregadas durante el evento a la Cinemateca Nacional Ulises Estrella, empezó la función. Son imágenes reveladoras de un Quito muy distinto pero a la vez parecido, de desfiles escolares y militares, un baile presidencial, la inauguración de una estatua en el actual bulevar de la 24 de Mayo y un hermoso paneo de la ciudad, realizado desde el actual parque Itchimbía, en el que se aprecia un Panecillo sin Virgen, un Centro Histórico encogido y unas laderas del Pichincha vacías hacia sur y norte.

Acompañadas por la música, las imágenes hacían reaccionar al público del siglo veintiuno con la misma emoción que debió suscitar una función hace cien años, en las salas silentes del Ecuador y del mundo. Al salir veo que todavía conservo una hermosa entrada en el bolsillo de mi pantalón. He sobrevivido a los EDOC con solo seis entradas, pero con muchas más experiencias e historias vividas, aparte de las que amamos ver en la pantalla. Todavía el 20 de mayo, puedo ir a mirar Rostros y Lugares, de Agnès Varda, sentado en primera fila, para sacarme de la cabeza de una vez por todas las mil y una recomendaciones de las personas, que martillan mi cabeza hasta el día de hoy…

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*Comunicador y periodista independiente especializado en temas culturales.
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