OpiniónPolítica

Correa quiere un baño de popularidad

Por Sharvelt Kattán

La llegada de Rafael Correa, luego de casi cinco meses de su traslado a Bélgica, no solo significa la materialización frontal de una pugna entre él y su sucesor, Lenín Moreno, sino que obliga a analizar, además, algunos puntos concretos de la coyuntura política actual, que se verán irremediablemente afectados por su presencia.

En primer lugar, su vuelta tiene que ver con la necesidad de recuperar terreno, dentro de Alianza PAIS, de un ala que aún le es fiel, pero que aparece desorientada ante el giro que han tomado las cosas dentro del movimiento. Está claro que los asambleístas y funcionarios todavía afines al expresidente no logran por sí solos ganar simpatía dentro de la militancia “verdeflex”, y que la imagen de Correa es la única salida que les quedó para afrontar la avalancha popular que es hoy en día Moreno.

Porque si hay algo que no deja espacio a dudas es que el eje gravitacional de la llamada Revolución Ciudadana es Correa y que, leyendo detenidamente el impacto que consiguen sus coidearios ante la opinión pública, no hay un heredero que pueda levantar ese proyecto político; más todavía cuando el actual presidente ha decidido distanciarse definitivamente de la mirada política del exmandatario.

Sin embargo, la llegada es más un síntoma de desesperación que de estrategia. Porque que Correa regresara al país era de esperarse, pero nadie debe haber tenido en sus planes que lo haga luego de tan poco tiempo de ausencia, y menos aún en las circunstancias que lo hace: Glas detenido y acusado dentro de una trama de corrupción, sus antiguos aliados volcándose en su contra y el entramado institucional que tanto le costó a punto de desmoronarse.

Está claro que en el tema de Glas la sola aparición de Correa podría cambiar, al menos parcialmente, algunas cosas. La vieja alianza de Correa con Baca Mancheno podría entrar en escena y equilibrar en algo la balanza a favor del Vicepresidente sin funciones, aunque está claro que será poco lo que Correa logre en ese aspecto, cuando la opinión ciudadana pareciera respirar sobre el cuello de la Fiscalía en todo lo que respecta a Glas y Odebrecht.

Otro punto donde el asunto tiende a complicarse es en el rol de los jueces. Con una judicatura todavía controlada por un hombre de confianza del expresidente, lo que se pueda decidir en el juicio contra el segundo mandatario podría también verse afectado por la presión política que estos días ocurra.

Pero Correa debe suponer ya que esa es una batalla perdida, y no sería de sorprenderse que ahora sus esfuerzos se centren, más bien, en lograr interferir, desde afuera, en la designación del nuevo vicepresidente que, de seguir la situación de Glas como hasta ahora, ocurriría en enero del año entrante. Seguramente los días en Ecuador han servido para que consulte, negocie y proponga nombres que podrían aparecer en la terna de Moreno. Aunque su problema mayor hoy en día es la falta de aliados.

La institucionalidad es otro tema que hoy se tambalea con la aparición de Correa, físicamente, en la arena política. La presión sobre la Corte Constitucional es fundamental para él, pues con la aprobación de las preguntas de la Consulta Popular, la posibilidad de su regreso a Carondelet, pero también la estabilidad del entramado que edificó, están gravemente amenazadas.

Con el tiempo en contra y los Decretos Ejecutivos 229 y 230 enviados al CNE por Moreno, probablemente Correa también ya haya visto a la consulta popular como una batalla perdida y, sin renunciar a su postura de enfrentamiento, empiece a sopesar qué cartas debe jugar. No sería raro entonces pensar que su recorrido por distintas ciudades del país atienda a la necesidad de analizar su capacidad de influencia sobre el electorado.

El siguiente paso, claro, sería iniciar la campaña por el NO, por lo que, aún cuando es bien sabida su postura sobre el contenido de la consulta, esta visita debería ser leída como un primer momento de una campaña en la que, seguro, volverá a aparecer con mayor ímpetu.

Pero hay algo sobre lo que es importante reflexionar: esta visita podría marcar su posibilidad de regreso a la escena política en los próximos meses, pero también podría determinar su alejamiento total si el balance final de estos días no le es propicio.

Por eso, hay cosas que también deben estar en la agenda del exmandatario: la elección del nuevo Contralor General del Estado, por ejemplo. Si la consulta avanza y su capacidad de conseguir que la población vote negativamente en algunas de sus preguntas, el Consejo de Participación Ciudadana actual sería removido y con ello la posibilidad de que Correa intervenga de alguna manera en la selección de cargos públicos. Por eso, es probable que entre sus tareas más apremiantes esté la de lograr que el Consejo nombre a un nuevo Contralor General lo antes posible.

Para ello, remarcar su fuerza dentro de su propio movimiento es fundamental. Con gran parte de la estructura de Alianza PAIS en contra, al exmandatario solo le queda demostrar a la opinión pública que las bases todavía están con él. Por eso su apremio en volver la mirada sobre las direcciones provinciales, ya que estas son la única puerta que le queda para que el movimiento le dé un espaldarazo a Moreno. Aunque, por ahora, Correa sabe que él corre exactamente el mismo riesgo.

Y, a pesar de todo esto, Correa aún tiene una carta a su favor: él es una figura demoledoramente mediática. En cada aparición aprovecha para atacar abiertamente el gobierno actual, a quien acusa de traidor y de llevar al Ecuador a la “vieja patria”. Esta jugada, común en él, podría generarle importantes réditos, más todavía si se toma en cuenta que lo hace en tradicionales bastiones de su popularidad: Esmeraldas, Guayas, Manabí, Azuay…

De hecho, ha llevado su confrontación a Moreno al mismo territorio que lo hizo antes con sus detractores. Habla de un país al que temerle: el de antes de él. Y ahora se refiere a su sucesor como alguien que quiere arrastrarnos al pasado en contraposición a su idea de progreso y futuro.

Está claro, por ahora, que la visita de Correa persigue dos cosas fundamentales: desempolvar sus viejas estrategias de presión sobre las instituciones del Estado y sopesar cuál es su poder político en la actualidad, ya sea para oponerse a las preguntas de la consulta, recuperar su movimiento o, incluso, empezar todo de cero, tal cual lo hizo hace diez años.

La única pregunta válida es ¿los votantes son los mismos de hace diez años? Esa pregunta la responderán los siguientes días, cuando la balanza termine de mostrar hacia dónde equilibra su peso.

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