Identidades

Cuando las esculturas hablan

Por Pablo Torres / Fotografías de Ricardo Guanín

Un hombre está sentado sobre sus piernas con sus brazos relajados, como en la posición de loto. Mira hacia un cielo que ya no hay, pero estuvo ahí hace miles de años. Es calvo y sus orejas son alargadas como las de un animal. Su rostro está lleno de verrugas y de huecos que lo deforman. Este hombre ya murió, pero su imagen fue eternizada en una escultura de barro cocido.

La figura pertenece a la cultura Jama Coaque, que existió en el país hace 500 años a.C., y corresponde al periodo arqueológico de Desarrollo Regional.

Al mirarla con su ojo clínico, el Dr. Enrique Hermida Bustos, patólogo y fundador de las facultades de medicina en las universidades UTE y Católica, dice que este hombre sentado tuvo la enfermedad de la verruga peruana, aunque claro está, es la apreciación de un ojo entrenado y para confirmar el diagnóstico habría que hacer los exámenes correspondientes.

Cuando llegaron los españoles a América se encontraron con el mosquito lutzomyia, principal vector de la bartonella, que es lo que causa la verruga peruana, y diezmó a los primeros viajeros que desembarcaron. Pedro Cieza de León, cronista de la conquista de América anotó:

…en Quaque tierra enferma, cerca de la línea equinoccial. Pasaron en ella mucho trabajo e molestia los nuestros porque estuvieron mas de siete meses e acaeció algunos dellos acostarse en sus lechos buenos y amanecer hinchados y aun muertos y otros se tullían e estaban los miembros encojidos veinte días y más y volvían a sanar; sin esto les nacieron a los mas dellos una verruga por ensima de los ohjos tan malas e feas como saben los que quedaron de aquel tiempo […] Como no supiesen cura para la enfermedad tan contagiosa, algunos las cortaban y se desangraban en tanta manera, que escaparon pocos sin morir de los que lo hicieron….

En una respuesta bacteriológica, los españoles importaron el sarampion y la varicela, enfermedades que acabaron con los pueblos nativos porque no supieron cómo combatirlas.

Como la figura del hombre con verrugas, hay muchas esculturas precolombinas que son interesantes a los ojos del médico, y las recopiló en el libro “Temas de paleopatología ecuatoriana”, publicado en 2013.

Entre los casos más interesantes están las Venus, que representan siameses femeninas de la cultura Valdivia que vivieron entre los 9000 y 1500 años a.C., lo que las ubica en el periodo Formativo Temprano.

El Dr. Hermida las tenía referenciadas porque las había visto en libros de arqueología, ciencia que cultivaba por afición. Cierto día, en el hospital 12 de noviembre de Madrid, España, hizo una autopsia a unos siameses y por un ejercicio mental las asoció con las esculturas de la costa ecuatoriana.

Dijo a sus colegas que en Ecuador habían siameses de barro de hace 3000 años, pero los  doctores españoles se mostraron escépticos. Cuando Hermida pidió la documentación a Ecuador, los galenos tuvieron que dar la razón al ecuatoriano. Desde ahí nació la afición por la paleopatología, que tiene por objeto investigar las enfermedades de los tiempos primitivos basándose en el estudio metódico de los restos humanos y de animales.

Es así que en su recorrido por los museos de Ecuador y Latinoamérica, Hermida ha encontrado otras patologías como la sirenomelia, que consiste en que las piernas se fusionan y terminan en pies como aletas de pescado. La sirenomelia se asocia con la figura clásica de las sirenas, que se vincula, a su vez, con la mitología griega; sin embargo, en las Metamorfósis de Ovidio se las retrata con patas y plumas, similar al de las aves. Es por esto que la sirena que da origen a la representación está asociado con el menor de los cetáceos, llamado dugongo.

Dr. Enrique Hermida./ Foto de Ricardo Guanín.

Figuras con sirenomelia aparecen en las cerámicas de las culturas Manteño-Huancavilca, Jama Coaque, La Tolita y Chorrera, en las que se ve explícitamente la fusión de los miembros inferiores hasta los pies y la división de cada dedo.

Los dedos también han sido fuente de inspiración para quienes realizaron las cerámicas, y por ello se ve que algunas figuras tienen seis dedos en las manos (polidactilia) o cuatro dedos (sindactilia) o los dedos fusionados como en una pinza de langosta (ectrodactilia).

Entre las enfermedades genéticas aparece el síndrome de Down, que se caracteriza clínicamente porque el recién nacido tiene  un puente nasal ancho, ojos separados y rasgados, nariz ancha, boca abierta, debido a que cuando el niño crece tiene macroglosia, es decir, lengua grande, tal como aparecen en las cerámicas de la cultura La Tolita.

También se han encontrado otras patologías representadas como el enanismo, gigantismo, leishmaniasis, deformaciones naturales del cráneo, parálisis facial de Bell, elefantiasis, hermafroditismo, entre otras, todas trabajadas con gran detalle.

La gran pregunta es por qué estas culturas eternizaron a los enfermos. Hermida cree que los shamanes fueron los encargados de hacer estas cerámicas, que se utilizaban de la misma manera a cómo nosotros usamos los santos para invocarlos y obtener protección.

En cambio, para Julio Pazos, experto en arte, las representaciones arqueológicas obedecieron al afán de representar lo extraordinario, aquello que no tenía explicación. Las culturas antiguas deificaron los “fenómenos”, como ocurrió en la cultura greco-romana y los templos dedicados a los hermafroditas. Coincide en que el desorden de lo “natural” fue objeto de prácticas religiosas. En los tiempos modernos, lo “anormal” es objeto de la ciencia.

Silentes, impertérritas, resistentes, estas esculturas hablan de un artista que las realizó y de un observador que analizó el aspecto humano. También hablan del hombre, que se ha preocupado desde los tiempos más remotos por el estado de su salud, incluso el neardenthal que no abandonaba a los cadáveres y los enterraba dentro de las cuevas.

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