Política

Cuando las políticas se “borran” con el discurso: Rafael Correa y los temas de género

La mañana del 29 de junio las redes sociales nos despertaban con comentarios sobre la iluminación de la parte frontal de Carondelet con los colores de la comunidad LGTBI, en conmemoración del Día Internacional del Orgullo Gay.

“Me siento orgullosa de mi gobierno”, “Feliz de ser ecuatoriana”, son ejemplos del tono de la conversación en  redes de aquel día. El gesto simbólico, inédito en el país, significó sin duda un mensaje positivo para la comunidad LGTBI; un mensaje, al menos desde lo discursivo, distinto al de Rafael Correa.

Contradicción. Así es como resume Francisca Luengo, académica de la Facultad de Comunicación y Artes audiovisuales de la UDLA y experta en temas de género, los 10 años de Correa cuando analiza sus acciones y su discurso en relación a la igualdad de género. Por un lado, está la inscripción de política pública a favor de los derechos LGTBI: la inclusión del género en la cédula, reconocimiento legal de las uniones homosexuales, lucha contra supuestas clínicas de deshomosexualización, aseguramiento al IESS de empleadas domésticas, etc.

Pero por otro lado está el discurso conservador que Correa emitía como máxima autoridad del país -él mismo se admitió conservador en estos temas-. “Somos, gracias a Dios, hombres y mujeres diferentes (…) Yo prefiero la mujer que parece mujer, y creo que las mujeres prefieren los hombres que parecemos hombres”, comentó en 2013. En diciembre de ese mismo año, el entonces presidente criticó la ideología de género diciendo que “académicamente no resiste el menor análisis” y que la homosexualidad destruye el núcleo familiar.

Sobre los años finales de su mandato algunos aseguran que el discurso fue más moderado. Sin embargo, sus 10 años de gobierno se caracterizan por un discurso de buenas intenciones, pero de arraigado contenido machista y homofóbico, concluye Luengo.

Cada tanto, sobre todo en sus sabatinas, el exmandatario desnudaba su conservadurismo, ya sea al discutir una política pública, al realizar un chiste, al referirse a opositores e, incluso, partidarios.  Las frases podían ir de un: “Además de inteligente guapa” -con los respectivos primeros planos de la figura de la partidaria-, o un “Debe dedicarse a hablar de maquillaje”, al referirse a una política de oposición.

“La comunidad LBGTI necesita de derechos, no palabras bonitas”, pensarán los más acérrimos defensores de Rafael Correa. Es probable que el propio Correa piense lo mismo.

Michel Foucault ya nos invitaba a reflexionar y valorar la importancia del discurso desde el poder. El filósofo francés afirmaba que a través del discurso se ejerce poder, que el discurso en sí mismo es una forma de poder. Las palabras y representaciones que se hacen desde posiciones de autoridad fortalecen o naturalizan imaginarios sociales.

Correa no logró comprender que mediante su  discurso como líder referente se reforzaban actitudes y percepciones machistas – por lo tanto violentas- sobre homosexuales, transexuales o los roles de mujeres y hombres.

María Amelia Viteri, Ph.D en Antropología Cultural de la Universidad Americana de Washington DC y Profesora de Antropología en la Universidad de San Francisco de Quito (USFQ), sostiene que la posición personal de Correa sobre estos asuntos condujo a una gran pasividad e indiferencia por parte de los instituciones estatales para concretar los avances constitucionales logrados por los movimientos LGBTI. En su artículo, Políticas Sexuales en Ecuador durante los 2000s: Vista de Pájaro, puntualiza que esta apatía institucional obligó que se formulen regulaciones para que funcionarios no puedan negarse a conceder los derechos marcados en la constitución a personas LGBTI. El caso más emblemático fue el de Janeth Peña, quien en 2013 se convirtió en la primera persona a la que se reconoció en el país sus derechos como viuda de una pareja homosexual, después de una larga lucha con el hospital, la funeraria, Registro Civil y el IESS.

El exmandatario no llegó a entender el discurso como un elemento fundamental para movilizarnos culturalmente en la dirección de sus mismas políticas públicas, o las que defendió en la constitución de 2008. Una movilización cultural que facilitaría la implementación de los derechos constitucionales a favor de grupos LGBTI, que ayudaría a que notarios, abogados y empleados públicos no desobedezcan la ley, o que la apliquen sin menosprecios, juzgamientos o rechazos.

Y es que el ejercicio práctico de impulsar y dar seguimiento a leyes y reformas en temas de género, según la profesora Luengo, es atendido generalmente por grupos directamente afectados o activistas. Es un grupo atento, vigilante y participativo, pero minoritario. El discurso del líder político de un país, en cambio, trasciende el interés particular de un grupo, llega a toda la población, asegura Luengo. Las palabras de Correa – más allá de coincidir o no- se quedan en la mayoría de ciudadanos, quienes no estarán atentos a la fecha del debate de una ley específica, pero sí tendrán noción de lo que el Presidente aprueba o desaprueba.  En este caso, reforzando prácticas y estereotipos que desfavorecen la lucha por la igualdad de género y por los derechos LGBTI.

La comunidad LGTBI no requiere de palabras bonitas, requiere, además de derechos constitucionales, reconocimiento, aceptación e inserción cultural. El discurso desde las instituciones del Estado y de su líderes, como marca Foucault, son formas de ejercer poder que se reflejan en prácticas y actitudes sociales.

Rafael Correa se quedó en el discurso de la tolerancia: te tolero, pero de lejitos.  El expresidente no logró transmitir una aceptación de pares, de personas iguales no solo ante la ley, sino ante sí mismo.

Para la activista y profesora universitaria Andrea Miño, el acto simbólico de la iluminación de Carondelet, aunque es un mensaje positivo para la comunidad, aún no determina la línea discursiva del actual mandatario. Entiende que el hecho puede también enmarcarse en la propuesta de diálogo nacional y en la estrategia de diferenciación que sigue Moreno con respecto a Correa.

El estilo de Lenín Moreno hace prever un discurso más abierto y menos confrontativo. Pero solo el tiempo determinará la impronta discursiva que dejará el actual Presidente en temas de género, solo el tiempo dirá si Moreno pudo movilizar la sociedad ecuatoriana a una cultura más respetuosa e inclusiva, y que esto sea el punto de partida para lograr avances constitucionales o legales aún pendientes, como por ejemplo el reconocimiento del matrimonio homosexual.

 

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