Salud y ambiente

Ecuador y su vínculo ineludible con los transgénicos

Por Edwin Benalcázar

Las perchas de los supermercados ecuatorianos ofrecen una gran variedad de productos, pero no todos están sujetos a las mismas regulaciones.

¿Qué los diferencia? La etiqueta Contiene Transgénicos.

Por medio de este advertencia, las autoridades como el Ministerio de Salud y el Instituto Ecuatoriano de Normalización (Inen) alertan a los consumidores sobre la presencia de estos componentes en los productos.

La medida se aplica a todos los artículos que superen el 0.9% de contenido transgénico en su composición.

El Instituto Ecuatoriano de Normalización (INEN) señala que se debe declarar el uso de ingredientes transgénicos en la sección de información nutricional, seguido de la palabra “TRANSGÉNICO”.

Este porcentaje obedece a recomendaciones realizadas por organismos internacionales como la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, conocida como FAO (por sus siglas en inglés), o la Unión Europea.

Los transgénicos son el resultado de una manipulación genética. El ADN de estos organismos contiene uno o varios genes de agentes externos. Desde un punto de vista científico, se realizan estas intervenciones con el objetivo de mejorar el rendimiento, la sustentabilidad y el valor nutricional de las producciones agrícolas.

En Ecuador, la comercialización de alimentos con contenido trasngénico es restringida. Las regulaciones aplican tanto a productos que provienen del extranjero como a los que son elaborados a escala nacional.

La normativa actual no solo regula su comercialización, también prohíbe la experimentación, producción y cultivo de estos organismos.

La Constitución ecuatoriana, en su Art. 14, señala que el uso de organismos genéticamente modificados (transgénicos) está prohibido, ya que perjudican la salud humana y atentan contra la soberanía alimentaria.​

Las restricciones a estos organismos en Ecuador datan desde 1999, época en la que bajo el gobierno del ex presidente Jamil Mahuad, se estableció una normativa que regulaba la explotación, propagación, comercialización e importación de transgénicos.

Ante este impedimento legal, la única vía de acceso de estos productos era a través de las importaciones.

Por esta razón, el 18 de agosto del año 2000, por medio del Reglamento de Registro y Control Sanitario, se especificó que solo podían ingresar al país los productos transgénicos que contaran con el aval del Ministerio de Salud.

Ese mismo año, a través de la Ley Orgánica de Defensa del Consumidor, se establece el derecho de acceso a la información sobre un producto transgénico.

El cuerpo legal señalaba: “Si los productos de consumo humano o pecuario a comercializarse han sido obtenidos o mejorados mediante transplante de genes o en general manipulación genética, se advertirá tal hecho en la etiqueta del producto, en letras debidamente resaltadas”.

A partir de estos antecedentes, las leyes ecuatorianas han restringido la producción y comercialización de trangénicos por medio de diferentes reglamentos y normativas que han reforzado esta intención a lo largo de las dos últimas décadas.

Según un informe de Internacional Service for the Adquisition of Agro – Biotech Applications, Brasil es el segundo productor mundial de transgénicos. Destina 44.2 millones de hectáreas a la siembra de estos cultivos, especialmente soya, maíz y algodón.

Argentina, en cambio, ocupa el tercer lugar, con 24.5 millones de hectáreas.

En Norteamérica, también se encuentran dos de los mayores productores a nivel mundial: Estados Unidos y Canadá.

​El debate sobre las semillas

La primera manipulación genética fue realizada en 1973 por los bioquímicos estadounidenses Herbert Boyer y Stanley Cohen.

Boyer y Cohen fueron los primeros en lograr transferir el ADN de un organismo a otro.

El mismo año, el científico Rudolf Jaenisch creó el primer animal transgénico: un ratón. Sin embargo, los genes introducidos en este espécimen, no se transmitieron a sus descendientes.

Ocho años más tarde, en 1981, los científicos consiguieron transmitir el material genético a las siguientes generaciones. En este caso se utilizó una pistola de genes para lograr introducir ADN purificado en un embrión de ratón.

En cambio, la primer planta transgénica se obtuvo en 1983. Los expertos Michael W. Bevan,  Richard B. Flavell y Mary-Dell Chilton estaban interesados en crear un transgen capaz de resistir a un antibiótico utilizado para combatir la bacteria Agrobacterium.

A la segunda mitad del siglo XX, se empezaron a producir y comercializar semillas y plantas trangénicas alrededor del mundo. Sus altos niveles de productividad y resistencia a plagas hicieron de esta práctica una tendencia en el sector agrícola.

Sin embargo, existe un movimiento contrario a la manipulación genética de los organismos, ya que pone en duda la conveniencia de los mismos para la salud y alimentación humana.

Ante el surgimiento de esta corriente, la comunidad científica ha expresado su inconformidad ante la campaña de “desprestigio” que grupos ecologistas y gobiernos han realizado contra los transgénicos.

El Dr. Cézar PazyMiño, experto en biotecnología, considera que la postura manejada por este grupo ecologista no tiene “un sustento teórico”. El científico señala que en el campo de la ciencia “solo existe una versión”. “Si hay algo malo en contra de los transgénicos deberían demostrarlo. Y no lo han hecho”, señala PazyMiño.

Según el experto, el Estado ecuatoriano tiene una visión prejuiciosa en torno a los trangénicos. Para PazyMiño, parte de la prohibición de estos organismos, se debe a que las autoridades buscan “proteger la agricultura tradicional”, lo cual considera que es beneficioso porque crea plazas de trabajo y protege la economía.

Sin embargo, PazyMiño señala que no está de acuerdo con el discurso que se maneja desde el Estado, ya que a través de la ley se limita el desarrollo científico y tecnológico del país en materia de transgénicos.

En Ecuador, colectivos como Acción Ecológica o el Colectivo Agroecológico del Ecuador tienen una postura totalmente contraria al uso de transgénicos.

Elizabeth Bravo, coordinadora de Soberanía Alimentaria de Acción Ecológica, tilda a los científicos de “ignorantes” porque “no leen”. Con esto hace referencia a los informes que la organización, Red Por una América Latina Libre de Transgénicos(RALLT), ha publicado.

En dichos informes, RALLT vincula la transgénesis (proceso por el cual se obtienen los transgénicos) al surgimiento de cepas virulentas, como es el caso de E.coli 157, obtenido a partir de la transferencia horizontal de genes del agente patógeno Shigella, causante de epidemias en Escocia y en India (1992).

Según RALLT, la transgénesis puede derivar en la creación de parásitos genéticos que causen enfermedades al ser humano, afecten la información genética, y vuelvan aún más resistente a un organismo patógeno.

Para Acción Ecológica, además de la afectación a la salud, también existen otras razones para estar en contra de los transgénicos. Una de ellas es la supuesta dependencia económica y tecnológica, generada a partir de la producción de estos organismos.

Elizabeth explica que los agricultores dependerían de las semillas transgénicas que son producidas por multinacionales como Monsanto, empresa que controla gran parte de la producción mundial de alimentos.

¿Libres de transgénicos?

Entre campesinos y científicos corre el rumor de que al Ecuador están ingresando semillas transgénicas desde hace algún tiempo.

Todo apuntaría a que la entrada de las mismas se daría a través de la frontera con Colombia, país que siembra importantes cantidades de soya transgénica.

Estas semillas serían difíciles de detectar por las autoridades, ya que no existe una característica física que las diferencie de una semilla común.

Para corroborar estos indicios, se tomaron muestras de cultivos de soya ubicados en la provincia de Los Ríos.

Después del análisis, el resultado fue revelador. El 90% de la muestra era potencialmente transgénica.

Además de la prueba de laboratorio, también se aplicaron herbicidas tanto a la muestra como a la maleza que estaba alrededor de los cutivos. Si la soya era transgénica, debía resistir al herbicida.

Con una aplicación de glifosato al cien por ciento, las imágenes dejan claro el resultado.

La soya resistió al glifosato mientras la maleza se marchitó. Una planta transgénica es resistente a herbicidas de largo alcance como el utilizado para realizar este experimento, por esta razón el herbicida no tuvo mayor impacto en la planta.

Debido a la resistencia de estos organismos, agricultores y campesinos estarían optando por sembrar semillas transgénicas, ya que pueden fumigar sin correr el riesgo de perder sus cultivos.

Entonces, ¿es realmente el Ecuador un país libre de transgénicos?

Al parecer no lo es.

A las muestras se les fue aplicado una gran cantidad de glifosato para comprobar si se trataban de organismos genéticamente modificados.

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