El retiro de funciones al vicepresidente, que Lenín Moreno anunció con una frialdad de miedo, confinó a Glas a la nada. Esa nada a la que tanto le temían él, Correa y sus más fieles coidearios. La de no tener plataforma pública para defenderse y atacar. La maniobra, claro está, se veía venir.

De hecho, Glas la esperaba; la muestra es que, la noche anterior a que Moreno firmara el decreto 100, publicó una carta que marcaba el final de las relaciones con el primer mandatario. Era una jugada desesperada, por supuesto.

Días antes aparecieron dos nuevos escándalos en su contra: los audios de las conversaciones entre el excontralor Carlos Pólit y José Conceição Santos, quien fue Superintendente de Odebretch en Ecuador entre 2010 y 2016. Allí los nombres del vicepresidente y de su tío aparecieron ligados a supuestos sobornos y solicitudes de dinero a la firma brasileña.

El segundo escándalo sucedió inmediatamente después: un informe de 64 páginas de Contraloría vinculaba a Glas y a otros funcionarios de la Primera Era de la Revolución Ciudadana con un posible delito de peculado, por la adjudicación del bloque Singue al Consorcio DGC, en 2012.

Por eso la carta. Por eso Glas denunciaba, luego de 70 días, sus desacuerdos con Moreno. Primero se hizo eco de la alerta que Correa había lanzado en su cuenta de Twitter sobre un posible paquetazo económico previsto para septiembre. Luego arremetió contra la supuesta entrega de la Corporación Nacional de Electricidad a la familia Bucaram. Habló del pasado oscuro del país, de las viejas prácticas políticas, del reparto…

Al día siguiente tuvo un buen pretexto para explicar la decisión de Moreno. A él lo dejaban sin funciones por disentir con la actual postura del Gobierno, no por otra cosa. Nada tenían que ver los golpes que sufría a causa de las investigaciones por corrupción. ¡Nada de eso! A él lo dejaban sin funciones únicamente porque era un crítico del actual régimen.

El discurso, aunque útil y probado en otras ocasiones, era tardío. Ya no tuvo mayor efecto en la opinión pública ni le alcanzó para distraer la mirada de lo importante: le estaba haciendo la vida difícil a Moreno.

Pero esa no era la única razón; el fantasma de la traición probablemente era algo que al presidente lo perseguía día y noche. A sabiendas de que hay sectores dentro de su propio movimiento que lo quisieran ver fuera, el primer mandatario empezó a ver en Glas una amenaza que tarde o temprano podría arrebatarle el poder; además, era lo único que lo emparentaba con el período anterior. Es más, era casi como tener a Correa a la vuelta de la oficina.

Pero los golpes los dio con paciencia y demostró ser menos “amable” de lo que el país entero creía. Primero logró que Rivadeneira saliera del primer puesto en la papeleta de votación y puso a Serrano, un hombre de su confianza en la Presidencia de la Asamblea Nacional. Luego trajo del hades a algunos de los primeros ideólogos de Alianza PAÍS: Falconí, Barrera, Larrea…

El distanciamiento no solo era en el “estilo”, sino en la lógica de hacer política. Con miembros del propio equipo de Correa en su bando, marcó distancias, convocó a otros sectores (para bien o para mal) y deslegitimó el discurso de su antecesor en casi la mitad de sus posturas.

Su nivel de credibilidad subió en menos de sesenta días, y empezó a crear un entramado de “asistencias” políticas de otros partidos que se irán descubriendo en los próximos meses. Entonces sí, entendió que debía dar la estocada final: eliminar al enemigo interno; sacar a Glas del juego.

Y Glas, al parecer, le dio las herramientas suficientes. Con mérito de ciertos opositores, la prensa nacional y extranjera y los delatores de Odebretch, los dedos empezaron a apuntar al vicepresidente en casos de posible corrupción y peculado. La opinión pública se le volvió adversa y Moreno se erigió como el adalid de la anticorrupción, pues afirmaba que había que adecentar la política y tomar las medidas definitivas para acabar con quienes la deslucían.

La caída ahora es inminente. Poco a poco Glas dejará de contar con el respaldo de sectores que por ahora considera aliados. Luego, serán los miembros de Alianza PAIS a quienes él considera fieles, los que apagarán sus gritos de protesta y, probablemente, los tuits de Correa dejen de defenderlo tan airadamente hasta que, finalmente, ya ni siquiera lo mencionen.

Por ahora, Glas seguirá en la palestra política estorbando la labor de Moreno, aunque cada vez con menos efectividad. Pronto la presidencia de la República estará totalmente en manos de Lenín Moreno y el “ala de la derecha” de AP pasará a ser un recuerdo durante los próximos cuatro años.

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