Identidades

Historias de Navidad: el origen del 25 de diciembre

Por Pablo Torres

El nacimiento de Jesús es el evento central de la Navidad, sin embargo, solo 2 de 27 libros del Nuevo Testamento hablan de este suceso; son los evangelios de Lucas y Mateo. Joseph Kelly, PhD en Teología y autor del libro ‘El origen de la Navidad’, dice que la verdad es que “los primeros cristianos no estaban particularmente interesados en el nacimiento de Jesús”.

Nadie escribió la fecha exacta de la muerte de Jesús ni la de su nacimiento. De hecho, ni el mismo Jesús escribió nada sobre su vida. El primer escritor de los sucesos del cristianismo fue el apóstol Pablo, que no conoció a Jesús pero se convirtió al cristianismo más o menos en el año 35 d.C. Pablo escribió su primera carta por el año 50, a la comunidad de griegos cristianos en Tesalónica, en la cual se advertía que el fin del mundo estaba cerca. A los ojos de los cristianos, la muerte de Jesús era más importante que su nacimiento, porque redimía al mundo.

Los primeros relatos sobre el nacimiento de Jesús fueron escritos después de 80 d.C. años, es decir, 47 años después de su muerte, por Mateo y Lucas. Entonces, ¿cómo podían saber qué pasó realmente? Se debe tener en cuenta que las historias se transmitían de manera oral, ya que muy pocas personas sabían leer, y que los apóstoles no encontraron ningún texto escrito en qué fundamentar su relato. En los textos de Mateo y Lucas se incluyeron los conceptos de la concepción virginal de María, el nacimiento en Belén y el viaje de José y María a Nazareth para cumplir con el censo romano.

Pero el mundo no se acabó como advertía Pablo, y el cristianismo se fue adentrando en territorio judío, dentro del vasto imperio romano, por lo que necesitó profundizar en las creencias.

Ante la falta de registro de las fechas importantes para el cristianismo, como el nacimiento y muerte de Jesús, otros investigadores se han dado a la tarea de rastrear las posibles respuestas de por qué se escogió al 25 de diciembre como fecha emblemática para el nacimiento de Jesús.

Susana Castellanos de Zubiría en su libro ‘Mujeres perversas de la historia’, relata la historia de Semíramis, que fue una mujer poderosa que vivió en el siglo VIII a.C. (otros la sitúan en el siglo XXI a.C.). Fue una constructora de muchas edificaciones, como los Jardines Colgantes de Babilonia, que fueron una de las 7 Maravillas del mundo antiguo; además, fue esposa del rey Nimrod.

Después de que Nimrod murió descuartizado por animales, Semíramis quedó en cinta de Tamuz (que obviamente no fue hijo del rey, sino de un sacerdote al que ella había buscado en secreto para quedar embarazada). Tamuz nació un 25 de diciembre, y la reina decía que ese niño era el resultado de la reencarnación de Nimrod en su ser.

De esta manera, Semíramis fue quien inventó la idea de que cada 25 de diciembre,“Nimrod visitaba la ciudad, viniendo en espíritu en un frondoso árbol, al cual adornaban con diferentes artificios brillantes, que simbolizaban al sol y cuyo propósito era hacer una ofrenda a la naturaleza para que fuera productiva”.

Si saltamos en el tiempo, al siglo VIII d.C., encontramos al poeta romano Ovidio escribiendo sus ‘Metamorfosis’, una colección de relatos que recogen lo complejo del mundo griego y romano, de los romances de los dioses y de las necesidades mortales. En este libro se encuentra una historia dedicada a Faetón, hijo de Helios (es decir el sol, que en ese momento es la conjunción del antiguo Apolo con Febo), y sus fútiles aspiraciones.

La historia de Faetón ejemplifica el idílico romance entre el sol y el hombre. Tanto, que los romanos hacían las fiestas más importantes del año en su honor. Las saturnales llegaban a su apogeo el 25 de diciembre, y para aclarar un poco este tema, Francisco Valiñas, en su libro ‘La estrella del camino’ dice que “las saturnales romanas se prolongaban por varios días y la nueva religión [el cristianismo] encontró grandes dificultades para erradicarlas, eran días de asueto y banquetes públicos gratuitos, se intercambiaban regalos y se aliviaba del trabajo duro y pesado a los trabajadores, campesinos y esclavos”.

Bastante parecido a lo que vivimos hoy en día, pero no tenía nada que ver con el cristianismo.

Según la historiadora Inés Ruiz Montejo “el cristianismo, partiendo de un culto ancestral, identifica sol y luz como se reitera en evangelios y epístolas. La luz es un signo que manifiesta visiblemente algo de Dios: es el reflejo de su gloria. Y así que este Cristo-Helios es el Cristo-Luz. En el pensamiento de los Padres sol, luz y Cristo también son ideas especialmente relacionadas y no es difícil encontrar símiles literarios donde se parangona, por ejemplo, la resurrección de Cristo con la salida del sol”.

Y por eso no es coincidencia, o por lo menos no debería sorprender a nadie, que el 25 de diciembre coincida con el solsticio de invierno, el día más largo del año, en el que los antiguos rituales celebraban al antiguo dios sol, a su luz y a todos los sueños, fantasías e ilusiones que ha provocado en el hombre.

Según William Tighe en su libro ‘Fechando la Navidad’, algunas iglesias del Este del imperio romano comenzaron a adoptar la práctica de celebrar el 25 de diciembre como el nacimiento de Jesús. En Constantinopla se comenzó a celebrar el 25 de diciembre en el año 380 d.C.; en Antioquía, en el año 386 d.C.; en Alejandría, en 432; y en Jerusalén, un siglo después, en 532.

Fue el Papa Julio I, en el año 350 d.C., quien resolvió tomar el 25 de diciembre para marcar el nacimiento de Cristo, la nueva luz, en lugar del 6 de enero, fecha de la Epifanía, pues así se facilitaba que los romanos se acercaran a Cristo, sin abandonar sus celebraciones.

El pastor uruguayo, Álex Donnelly, afirma que la forma de la Navidad actual comenzó a celebrarse en el siglo XIX. Para ese entonces, se retomó la costumbre del árbol de Navidad alemán (que a su vez recuerda el usado por Semíramis), cuya popularidad invadió Europa hasta llegar a Estados Unidos.

Además, los villancicos tuvieron un nuevo momento de apogeo entre la ciudadanía y nuevos cánticos navideños fueron añadidos al repertorio de la Iglesia.

Después aparecieron Papá Noel, los regalos y el mercadeo, pero eso es otra historia. 

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