Lo urbanoOpinión

La decisión de volver

Por Marc Bayés

La madrugada del 14 de abril del 2014 se produjo un eclipse lunar total, lo que se conoce como una luna de sangre. El páramo andino se cubrió de un rojizo óxido. No lo vi. Esa madrugada había llegado al aeropuerto Mariscal Sucre y fui el penúltimo en pasar por la puerta de salida, luego de transitar por salas, corredores y, sobre todo, luego de esperar y esperar durante horas.

Fuera me aguardaba pacientemente mi nueva familia, una nueva vida y un viejo sentimiento de alegría: había llegado a Ecuador. Estaba a más de 9000 km de distancia de Barcelona, de mi casa, de la ciudad donde los almendros mediterráneos ya habían florecido.

Por aquel entonces, España seguía siendo un yermo laboral (25% de paro en abril del 2014); en diciembre de 2014, Barcelona registraba más de un 13% de paro. Tan pronto como el mercado de trabajo español daba algún fruto, había miles de personas experimentadas o muy preparadas, para tomarlo por un salario irrisorio. Los que teníamos trabajo, así fuera precario, debíamos “considerarnos afortunados”. Ese era el sonsonete de plazas, mercados y reuniones con familiares y amigos.

El Barómetro del CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas), en ese mismo abril del 2014, era revelador: el 44,6% de españoles consideraba la situación económica de España muy mala y más del 57% aseguraba que el principal problema social era el desempleo.

El contexto económico arrojaba miles de españoles al exterior. En el primer semestre de ese año, salimos aproximadamente 40.000, solo desde la provincia de Barcelona, según las estadísticas del INE (Instituto Nacional de Estadística); en realidad, salimos muchos, muchísimos más. Mi situación antes de salir era “privilegiada” porque en España tenía dos trabajos extraordinariamente mal pagados, vivía en un piso a precio de amigo y comía y bebía de pura marca blanca (productos económicos etiquetados con la marca del supermercado).

El verdadero privilegio fue que cuando llegué a Quito, me esperaba el generoso afecto de una familia quiteña, la familia de mi esposa. Traté de buscar un departamento inmediatamente, por aquel refrán que dice que el huésped, como el pez, a los tres días hiede. No lo conseguí y, en el camino, ocurrió que me parecía cada vez más extraño no residir bajo el calor de mi nueva familia.

En menos de un mes de vivir en esta ciudad de la sierra, había conseguido dos trabajos. Ambos estaban bien remunerados: ganaba tres veces más que en España, pero lo mejor es que había la posibilidad de presentar proyectos, lanzar propuestas; en suma, había infinidad de posibilidades. Para mí, el verdadero sueño americano, del que había oído hablar, estaba en Ecuador. Veía esta tierra como el lugar de las oportunidades, del entusiasmo, donde todo era posible si uno disponía de tiempo. ¿Qué ocurrió? Me quedé sin tiempo: me había enrolado en un buen número de proyectos interesantes.

Una de las múltiples ocupaciones, una vez que dejé uno de los dos trabajos, fue el programa radial de literatura Cafés con letras, ideado y ejecutado con algunos estudiantes letraheridos de la universidad y al que se sumó un compañero de trabajo escritor. Cada semana invitábamos a un autor y conversábamos sobre su libro más reciente. El proyecto fue creciendo y acabamos en la Radio de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, con un programa que funcionaba, que gustaba, especialmente, al entrevistado y a unos cuantos lectores empedernidos. Mi relación con la literatura ecuatoriana crecía paralelamente al programa: ya no solo locutaba; también, empecé a escribir sobre temas tangenciales de la literatura, a presentar obras de algunos escritores e, incluso, a editarlas.

A través del programa radial di con una realidad palmaria: Ecuador es país de poetas. De los libros que se presentan en un mes, un 85%, sino más, son poemarios. También, el festival de literatura más ambicioso del país es un festival de poesía que se desarrolla en varias ciudades de Ecuador al mismo tiempo.

En ese primer año de estadía en la hermosa capital de los Andes, empecé a ir al gimnasio. Encontré una hora libre. Estaba cultivando la mente, pero ¿y el cuerpo? Mens sana in corpore sano decía la sesuda frase atribuida al poeta latino Juvenal. Intenté cultivar el cuerpo: solo conseguí una tendinitis leve, pero suficiente como para dejar de ir al gimnasio ipso facto. En ese espacio coincidí con varios personajes de la escena quiteña: el mijín (tipo de hombre muy atento a la estética de macho latino, preocupado por lucir marcas, verse guapo y escuchar música urbana en sonoros parlantes de su carro tuneado) y un migrante español quejicoso. Recuerdo que el español, con un buen puesto en un colegio privado, me dijo: “Tres años y medio, Marc. Los españoles no aguantamos más”.

Hoy se cumplen tres años y cuatro meses desde que llegué a Ecuador y este domingo me regreso a España.

Ese mismo 2014, desarrollé una verdadera animadversión por los trámites, tanta que cada vez que en la actualidad voy a hacer una gestión administrativa, aunque no necesite tantos documentos, llevo copias de cédula, de papeleta de votación, de pasaporte, partida de nacimiento, planilla de la luz y fotos de todos los tamaños y fondos. Pese a mi voluminosa carpeta, el funcionario de turno, en un auténtico ejercicio de derribo psicológico, siempre descubre el documento que, casualmente, no he llevado ese día y que se convierte en un requisito imprescindible para poder terminar el trámite.

El proceso burocrático ecuatoriano para el ciudadano común es una nueva versión del certero relato de Mariano José de Larra, Vuelva usted mañana. En el relato de Larra el ciudadano, incauto, siempre encuentra al burócrata de ventanilla que le indica que el trámite que precisa no puede realizarlo ese día, que debe volver al día siguiente. En la versión ecuatoriana, el burócrata pregunta, muy a menudo, por el documento que uno no tiene a mano, con lo cual, en el mejor de los casos, le toca volver al día siguiente.

Uno de los mensajes recurrentes que me dio la familia en ese 2014 fue la necesidad de tomar precauciones en la calle, en los taxis y en los buses. Si andaba por la calle nunca con el celular en la mano. Si subía al colectivo, debía tratar de asegurarme de que ningún bolsillo u orificio de la mochila quedara a expensas de la habilidad de un carterista; si cogía un taxi en la calle, debía tratar de que fuera taxi seguro a fin de evitar que al taxista se le ocurriera secuestrarme o, peor aún, escopolaminarme. En la universidad oía historias terribles de alumnos secuestrados por unas horas, agredidos gratuitamente y abandonados a su suerte en cualquier lugar hostil de la periferia quiteña. El peligro no era anecdótico, le ocurría a gente muy próxima y frecuentemente.

A mí, me asaltaron en un bus, luego de cogerlos cientos de veces. Pensé que no me ocurriría nunca, pero pasó. Siempre me sorprendo de la rapidez con la que olvidé el rostro de ese atracador. De ese momento, pervive en mi recuerdo la botella rota de vidrio con la que me amenazó el ladrón. Al cabo de unos meses, me compré un coche y dejé de usar el transporte público.

Uno de esos buses de la capital ecuatoriana llevó al criminal que segó la vida del chico que manejaba los controles de nuestro programa radial Cafés con letras. Se llamaba Andrés Viracocha. El 7 de junio de 2017, el asesino salió de un bus al mediodía, se peleó con Andrés y lo mató. Fue una noticia que golpeó fuerte a la ciudadanía, a los empleados de la Casa de la Cultura Ecuatoriana en especial; que nos entristeció mucho a todos. Atraparon al asesino.

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En 2015 empecé a darme cuenta de la violencia en los espacios y en la gente. Ese año fue la primera vez que me invitaron a jugar en una liga barrial. Me dieron un uniforme. En el primer partido que estuve de espectador, detuvieron el juego varias veces por amagos de pelea. A varios jugadores los amonestaron: el árbitro sacó varias tarjetas amarillas. Desde las gradas el público imprecaba a los jugadores. Unas cuantas entradas fueron tan violentas que dejaron a algún jugador, adolorido, en el banquillo. El portero acabó sangrando de una trompada. Supe enseguida que de nada me servirían los colores del equipo. No iba a jugar.

Hay una violencia asentada en la ciudad, una violencia apagada que forma parte del paisaje urbano, a la que todo el mundo parece acostumbrado: la violencia de la desigualdad. En cualquier semáforo el conductor da con familias enteras en el negocio de la venta ambulante de fruta, caramelos, chocolate, aguas…A menudo con sus bebés cargados a la espalda o extenuados en los parterres; limpiaparabrisas; vendedores de antenas y cargadores de móvil; y algún que otro comerciante de gafas de sol y relojes de dudosa procedencia. Pasan los días a la intemperie en el fragor del tráfico, a merced de las inclemencias climáticas y el humo de los autos.

En 2016 hubo un boom en la venta ambulante de semáforo: de repente aparecieron cientos de vendedores de jugos de naranja. El negocio estaba en venderlos a un dólar. Familias enteras se instalaban al lado de los vehículos, con un parasol y una licuadora manual. Mientras el uno exprimía a una velocidad asombrosa; el otro salía a venderlo entre los autos. Pero no duró demasiado. Los periódicos dispararon la alarma social: los acusaron de ofrecer bebidas en muy bajas condiciones higiénicas y dañinas para la salud. En muy poco tiempo desaparecieron los jugueros y volvieron a lo clásico: dulces, fruta y aguas. Nunca probé uno de esos jugos.

Ese mismo año iniciaron los despidos en la universidad en la que trabajaba; otros docentes, los más suertudos, renunciaron. Algunos de los que desaparecieron de las aulas eran extraordinarios profesores y compañeros de trabajo. Se vino abajo la idea de estabilidad laboral. Empezó un plan de ajustes que se sucedería cada semestre. Terminaban las clases y todos sentíamos la amenaza del desempleo. Pronto llegó a los alumnos la pasmosa rotación semestral del profesorado de la carrera y apostaban por quién sería el próximo docente “botado”. En los 3 años y poco más que he trabajado en esta entidad universitaria, ha habido 18 profesores distintos en mi carrera.

Lo peor de la situación era el procedimiento: hasta el último momento no sabías si te quedabas o no en la plantilla docente. Te sometían a una desinformación violenta, al silencio institucionalizado. Algunos profesores, en la desesperación, subían a preguntar qué ocurriría con ellos. Con suerte, les comunicaban que se quedaban, pero podía ser mentira.

En 2015 la tasa de desempleo, según el organismo estadístico ecuatoriano, el INEC (Instituto Nacional de Estadística y Censos), subió ligeramente respecto del 2014. En realidad, hubo muchos, muchísimos más despidos en las empresas. El Universo reveló ese año que Quito se había convertido en la ciudad con mayor desempleo del país (4,2%). En aquel entonces, descubrí un nuevo dato estadístico: el empleo inadecuado (magnífico eufemismo para empleo no remunerado y el subempleo) que había subido en 2015 más de dos puntos porcentuales respecto del 2014. El empleo informal y los vendedores ambulantes crecían exponencialmente en la ciudad.

Las ordenanzas municipales recrudecieron sus sanciones a la venta ambulante en 2015. Los metropolitanos los echaban de sus puestos y les confiscaban los productos, pero la necesidad está siempre por encima de las ordenanzas municipales. No dejaron de proliferar.

Como me compré un coche, preferí sacarme la licencia en una escuela de conducción, en lugar de la tramitología a la que debía someterme si quería validar mi carnet de conducción español en Ecuador. Soñoliento, asistía a clase prácticamente de madrugada y a las 8.00 ya estaba libre para ir a trabajar. En escasamente dos meses, obtuve la licencia. El examen práctico me fue pésimo, pero, aun así, me dieron la licencia. Había conseguido superar los requisitos, pero no sabía conducir.

Ese mismo año, mi esposa quedó embarazada. Le oí el latido del corazón al bebé en una de las primeras ecografías y lloré de emoción. Cuando entré por primera vez a la consulta de nuestro primer ginecólogo, advertí que tenía una biblia gigante abierta en un atril; detrás, un crucifijo de media pared y al otro lado, una virgen de escritorio de dos palmos. A mi modo de ver, malinterpreté, supongo, que ese científico de la medicina dejaba demasiado a la voluntad divina. Sin embargo, volvimos solo una vez más: la devoción fetichista a los valores judeocristianos no le impedía abusar económicamente de sus pacientes.

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En 2016 reinaba la felicidad en mi familia. A mi esposa le crecía y crecía la panza y yo cada vez estaba más delgado de los nervios. Ella trabajaba un sinfín de horas y yo me consumía mordiéndome la lengua para no ser pesado con mis precauciones de padre primerizo. Al final, entendí que lo saludable para el bebé era que la madre estuviera tranquila y feliz. Si eso implicaba que trabajara largas jornadas, qué podía hacer.

Ese año se centró en Martí, mi hijo. Todos estábamos pendientes de su llegada, a pesar, incluso, de las catástrofes naturales y las amenazas laborales.

La universidad seguía arrojando a gente a la calle. Me preocupaba perder el seguro de salud porque afrontar económicamente un parto es duro. No sé cómo, pero conseguí mantenerme en el plantel docente de la carrera. La gente despedida se recolocaba en otras universidades de fuera de la ciudad; la mayoría, en ciudades de la costa ecuatoriana.

El desempleo en la ciudad de Quito subió al 8,7%. Ahora sí se había acabado la plata en el país. En realidad, se había acabado mucho antes. El petróleo no daba para tanto y el cambio de la matriz productiva debían haberla hecho 15 años antes si querían revertir la dependencia petrolera.

El 16 de abril tembló nuestro mundo. Se desmoronó la costa ecuatoriana. Vimos las imágenes en televisión, nos horrorizamos y casi como todos los ciudadanos de Ecuador, donamos provisiones para los damnificados por el sismo. Algunos amigos y familiares se fueron a la costa a ayudar: había, y hay todavía, mucho que hacer. Me alegró saber que a los amigos que vivían en Manta no les había ocurrido nada grave.

En ese mismo año, en septiembre, cuando Ecuador todavía se recuperaba de los estragos del sismo, el volcán Cotopaxi amenazó con entrar en erupción y sepultar de lava y escombros varios miles de casas, enterrar en ceniza las ciudades de su alrededor y hundir las esperanzas de un país renqueante económicamente.

Nació Martí ese mismo septiembre eruptivo y se instaló en mí el pensamiento de que Ecuador empezaba a ser demasiado. El afecto de la familia y de los amigos, las múltiples ocupaciones fascinantes que tenía; la buena vida que me daba: restaurantes, viajes -incluso, me había comprado un hermoso departamento en una zona maravillosa cerca de la universidad- no apagaban el ruido de un pensamiento que fue afianzándose en los últimos meses de 2016: echaba de menos vivir en el “confort” español. ¿Había olvidado, quizás, lo precario de mi vida barcelonesa? No lo sé, pero creía que mi familia y yo podríamos estar mejor allí.

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Y sucedió 2017. Empezó un proceso electoral controvertido en Ecuador: denuncias de alteración de papeletas, de manipulación. Las redes sociales eran un polvorín. Las familias y grupos de amigos tenían seguidores del partido del gobierno vigente y otros tantos de los partidos de oposición. Ningún grupo de más de tres personas se ponía de acuerdo en cuestiones políticas.

Llegaron las amenazas de golpe de Estado y algunas manifestaciones en las calles fueron violentas, pero no hubo que lamentar muertos, apenas unos cuantos golpeados. La sensación de desequilibrio social acabó por minar mi conciencia, pero seguía con trabajo. En marzo de 2017 el desempleo había llegado al 9,1% en la ciudad de Quito.

Ocurrió a finales de julio del 2017, el detonante que nos decidió por migrar. Recibí un correo de mi directora de tesis en el que me instaba a regresar a España un tiempo para terminar mi doctorado. Ella había encontrado errores de calado y la comisión de doctorado de la universidad la aprobó con las justas. En síntesis, debía mejorar ostensiblemente el trabajo de investigación si quería terminarla.

La noticia me pareció agridulce, pero razonable. Decidimos dejar Ecuador, volver a Barcelona. Fue una decisión que se había ido gestando con el tiempo. En la actualidad, Barcelona tiene un paro del 8,75%, según las últimas cifras del INE. Los almendros mediterráneos de la ciudad barcelonesa ya han empezado a perder sus flores, creo.

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