Identidades

Las mujeres, la memoria y el relato colectivo

Por Paola López /Fotos de Ricardo Guanín

Aurora Pazmiño, Susana Aroca y Gardenia Guayasamín se conocieron contando historias, pero una en particular fue determinante para construir un relato colectivo: todas recordaban un pasaje de la quema de Radio Quito ocurrida el 12 de febrero de 1949 luego de la transmisión, en el formato de un noticiero, de “La guerra de los mundos” de Orson Welles.

La última en unirse al grupo fue Gardenia. Una tarde siguiendo la pista de un anuncio aparecido en un diario de Quito se presentó en el Museo de la Ciudad para escuchar a sus otras dos compañeras contar cómo el dúo Benítez y Valencia se salvó del incendio de la estación radial saltando por los tejados y cómo lo que se suponía iba a ser una celebración de cumpleaños terminó entre Padres Nuestros y rosarios para rogar que los marcianos no invadieran la ciudad.

Ese día Gardenia se unió al equipo y con ella todos los relatos que su madre, fallecida hace pocos meses, le había regalado en largas conversaciones.

Aurora, Susana y Gardenia están jubiladas y pertenecen a un grupo mujeres de sesenta y más años que los miércoles se reúnen en el museo para compartir experiencias, una suerte de taller de la memoria en el que ellas escarban en sus recuerdos y cada cierto tiempo los comparten con visitantes.

“Nos sentimos como una familia y me gusta porque nos hacen participar en las memorias de la ciudad”, dice Aurora.

Para Susana es un ejercicio que le ha permitido compartir con “enciclopedias vivientes”, como llama a sus compañeras, y rescatar una afición de juventud: la poesía. En tanto que para Gardenia es el refugio donde deposita sus experiencias y, sobre todo, honra las de su madre.

Susana Aroca (izquierda) y Aurora Pazmiño comparten sus recuerdos de la ciudad.

El grupo ya habían contado frente al público las leyendas con las que crecieron algunas generaciones de quiteños: “María Angula”, “La calavera de San Roque”, “La procesión de las espermas”, “La dama tapada o La caja ronca”. Y ganaron la confianza para seguir hurgando en su memoria, que también es la de la ciudad.

Cuando llegó el turno de hablar del incendio de Radio Quito ellas desempolvaron sus vivencias, sus afectos por viejos artistas y las historias de sus padres.

Un cumpleaños inolvidable

El día que Aurora Pazmiño cumplió 11 años, los marcianos llegaron a Quito.

Un locutor interrumpió el programa favorito de Aurora, “Cantares del alma”, y lanzó un anunció que dejó paralizados a los quiteños: los extraterrestres habían aterrizado en el norte de la ciudad y avanzaban con armas sofisticadas quemando todo a su paso y cubriendo la ciudad con un humo negro venenoso.

“Se oía las llamas (…) Se oía el chasquido de los caballos (…)”, recuerda Aurora, quien había salido junto a sus padres a buscar agua y aprovechó para escuchar en la radio de una tendera su programa favorito, “Cantares del alma”.

“Hacían tan natural que uno se asustaba. Pegado a la radio uno no hacía caso de mirar para arriba porque decían que la nube densa que era venenosa y oscura avanzaba a velocidad, que ya estaba cubriendo el norte de la ciudad, que ya avanzaba por los cuarteles e iba a seguir por la (avenida) Colón y uno lo que hizo es subirse por el lado del fortín (de El Panecillo) desde donde se divisa la ciudad, pero no veíamos nada”, cuenta.

Corrieron a buscar refugio en sus casas. Se encerraron, tomaron sus rosarios y empezaron a rezar con la esperanza de que todo fuera una mentira. Y lo fue: era una radionovela, que con el formato de un noticiero, narraba una invasión extraterrestre.

De repente la gente comenzó a gritar en las calles ¡incendio! ¡Ha sido todo mentira!

“La gente salió a ver y de verdad lo único verídico fue el incendio de Radio Quito”, relata Aurora.

La indignación se propagó como las llamas que devoraron la sede de Radio Quito y diario El Comercio que estaba en el centro de la ciudad.

“Ese día cómo me voy a olvidar si fue un gran susto. Yo ya era una niña grandecita y uno se acuerda ese incendio que nunca se había visto. Alumbraba toda la ciudad de Quito y ahí sí se cubrió de humo negro la ciudad”, dice Aurora y se lamenta de la “ingenuidad” de los pobladores de la capital.

Un recuerdo musical

El dúo más importante de la época, formado por Gonzalo Benítez y Luis Alberto Valencia, se salvó del incendio provocado. Ellos estaban cantando en un popular programa musical cuando la programación fue interrumpida para dar paso a un anuncio: la invasión extraterrestre había comenzado.

Saltaron fuera del edificio, huyeron por tejados y patios, cuenta Susana, quien se declara seguidora del dúo que pese a los años sigue con su música amenizando fiestas.

En los últimos recorridos que el grupo realizó en el museo de la ciudad narrando sus vivencias, Susana fue la encargada de contar la historia de los Benítez y Valencia, sus comienzos, sus éxitos y hasta su muerte.

“Al dúo Benítez y Valencia les considero que son parte de mi familia porque desde que amanece hasta anochece ellos están conmigo” en la radio, dice Susana.

Su cariño por el grupo musical la llevó en septiembre de 2005 a acompañar el velorio de Gonzalo Benítez en la Casa de la Cultura y luego en el Municipio de Quito. Y finalmente lo siguió hasta la Basílica, donde reposan sus restos.

“Sentí que se murió una parte de mi familia”, reconoce Susana al repasar el recorrido que siguió el cuerpo del músico por la ciudad que lo acogió desde que llegó desde su natal Otavalo.

Aunque recuerda con tristeza el sepelio del hombre que la acompañó en su paso de la juventud a la madurez a través de una radio, Susana se emociona al describir lo que vivió esos días de luto.

El velorio “era un concierto porque todo el tiempo había música y solo la música de Gonzalo Benítez”, relata.

Conservar la memoria

Gardenia es la más joven del grupo y heredera de los recuerdos de su madre. Ella reparte generosamente las historias que escuchó sobre el incendio de la radio y de un Quito que parece muy lejano porque “el rato que dejamos de hablar de nuestra historia comenzamos a morir poquito a poquito”.

“Mi madre era una enciclopedia viviente y yo puedo aportar con lo que ella me contaba y nutrirme también con el conocimiento de las señoras” del grupo, señala antes de empezar a narrar cómo tres mujeres –su madre, su abuela y su bisabuela- prefirieron cerrar la puerta a los marcianos y encomendarse a Dios.

En una época en la que la luz eléctrica no había llegado a todos los hogares y la radio era un bien de lujo, las noticias también llegaban a gritos desde la calle cuando los candiles ya habían sido apagados.

“Teníamos una primita que ha llegado a golpear la puerta y a decirles salgan que la gente está corriendo, está llevando maletas, está llorando porque lo marcianos están en Cotocollao y están quemando todo”, relata Gardenia.

Ante la noticia de que los extraterrestres había llegado a Quito, las mujeres prefirieron cerrar la puerta de su casa y soltaron una frase con resignación: “lo que tenga que ser, será”.

Gardenia sonríe al recordar el relato de su madre y al igual que Aurora se impresiona por la ingenuidad de los quiteños que tomaron como cierta una radionovela, pero lo justifica porque “Radio Quito era la voz oficial de la ciudad”.

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