Opinión

Los dragones de Yachay

Por Roberto Moreano

Se sabe que en casi todas las culturas han existido los dragones. Recordemos el cercano dragón del horóscopo chino, o la impresionante serpiente emplumada Quetzalcoatl de la tradición prehispánica. Hubo, sin duda, dragones de la Europa medieval, hijos de diferentes mitologías: la eslava los sacaba de un mundo subterráneo, y los cristianos, del imaginario del Apocalipsis.

El dragón de la tradición cristiana, más cercano a nosotros y a quienes nos leen, aparece de aquel libro con génesis bíblicas para destruir lo que encuentre al paso, calcinando no solo las edificaciones, sino también la memoria, las ideas y los propósitos.

Hace unas semanas, Lenín Moreno y Jorge Martínez, nuevo gerente de Yachay Empresa Pública, no necesitaron lanzar fuego, bastaron sus palabras.

En un informe público sobre el estado actual de Yachay, la denominada “ciudad del conocimiento”, Martínez dijo, en resumen, que las cosas no solo andan mal sino que nos mintieron: hay una infraestructura defectuosa, un inversión casi inexistente para las ojetivos  sobredimensionados del proyecto y salarios inverosímiles para la realidad ecuatoriana.

Moreno, por su parte, con una simpleza absoluta pero efectiva, indicó: “pensé encontrarme con una universidad llena de laboratorios, pero (…) Por favor no se conviertan en esos especialistas en cualquier tema. Puede ser economía, por ejemplo, que creen poder solucionar todo”.

Así, en poco más de una hora, las declaraciones de las autoridades del actual Gobierno fueron más efectivas que las llamas: Yachay parece encaminarse a su calcinamiento tal y como se lo concibió pero, y sobre todo, erradicaron de la memoria y del debate las razones fundamentales por las cuales se creó Yachay.

Hay una cosa clara: nadie puede, al menos no desde este espacio, tolerar actos de corrupción, ilícitos y vergonzosos para el país. Si en Yachay EP y en la universidad existieron estos actos, como induce a pensar Martínez, que las leyes y el debido proceso juzguen a los responsables.

Pero que éste y otros ruidos políticos no nos distraigan de los grandes e importantes objetivos que perseguía el proyecto.

Yachay surgió ambiciosa ante la necesidad de hacer frente a una hegemonía global que nos tenía (y tiene) sumisos ante otras regiones y países que han logrado, desde la innovación y la producción de conocimiento, modernizarse y progresar.

Sin investigación y sin una estructura que genere conocimiento de manera inagotable, seguiremos siendo un país en la periferia del concierto mundial. En pleno 2017, las grandes economías y sociedades avanzan gracias a la producción de conocimiento que permite, a su vez, generar nuevas y mejores tecnologías para industrias históricamente establecidas -como la agricultura, por ejemplo- o las emergentes -como el mercado de dispositivos móviles y apps para su consumo-.

Los responsables de la formulación de políticas públicas en los países del mundo se encuentran sólidamente respaldados por la investigación universitaria como medio de apalancar la innovación tecnológica con el amplio objetivo de avivar el desempeño económico. Se asume, por ejemplo, que se puede apalancar una considerable prosperidad económica a través de la innovación tecnológica y la comercialización de la investigación científica.

En los Estados Unidos y en otras economías avanzadas, el financiamiento de la ciencia se ha convertido en la piedra angular de la planificación económica nacional. Según varias investigaciones, existe un papel histórico de este gobierno en el direccionamiento de la investigación científica en su país.

Su decisión política de invertir en conocimiento, ha dado sus frutos.

Parte del valor de la inversión liderada por EEUU ha sido la habilidad de dar paso a ciclos de crecimiento de largo plazo, necesarios para catalizar nuevos mercados. Esto incluye la inversión histórica en las primeras fases de las tecnologías tales como la aeronave a reacción, la energía nuclear, la informática, las tecnologías del Internet, el láser, y la biotecnología. Pero también incluye inversiones contemporáneas en las industrias domésticas como la defensa, la tecnología, el consumo móvil, la agricultura, la energía y el espacio aéreo.

En este contexto, Yachay representaba (aún puede representar) para Ecuador la primera piedra de un proyecto serio que impulse nuestro país hacia una “economía del conocimiento”, abierta y libre, de forma que, además, garantice el acceso y el desarrollo de todos los sectores de nuestra sociedad.

El problema no fue la idea, sino su ejecución. Y con la esperanza de quien persevera, que los errores se corrijan y que si hay responsables de ilícitos que los paguen.

Pero si rescatamos – o más bien recordamos- la idea original de Yachay, ¿no es este un proyecto que los dragones no deberían destruir, sino más bien proteger?

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