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Miradas culturales del Centro Histórico de Quito: entre plazas museos y comercio

Por Stephen Bruque

Ya inmersos en el VAQ (Verano de las Artes Quito), es fácil encontrar una programación diversa organizada por parte del Municipio de Quito, que cuenta con un evento principal: La Fiesta de las Luces.  Después de su primera edición en el contexto de la Conferencia Habitat de Naciones Unidas, este espectáculo visual de mapping sobre las fachadas de edificaciones del Centro Histórico, regresa con la consigna de cambiar por unos días la dinámica nocturna de esta zona.

Lejos de cuestionar a esta actividad como tal y sin desmerecer el interés y la concurrencia masiva que suscita, pues se trata de una apropiación ciudadana del espacio patrimonial, creemos que su reedición debe provocar reflexiones acerca de la oferta cultural en el Centro Histórico de Quito y como ésta posibilita el acceso y ejercicio de los derechos culturales de quienes habitamos en la ciudad.

Para pensar y reflexionar sobre este tema, hay que reconocer, en primer lugar, la multiplicidad de identidades y dinámicas que conviven y se interrelacionan en este espacio, las cuales, no se inscriben en una concepción unívoca y homogénea de la cultura. Así por ejemplo, es innegable que esta zona de la ciudad convoca por su comercio, principalmente popular. Los diferentes locales comerciales y personas que trabajan de manera informal en sus calles, buscan satisfacer las más variadas y peculiares necesidades, a precios accesibles. Esta dinámica es visible en su apogeo en la emblemática “Calle Ipiales”, la cual,  se ha mantenido como un referente de la vida comercial del Centro Histórico desde hace décadas, incluso a pesar de  medidas que han buscado darle otro orden e imagen.

A esta identidad comercial, se suman otras que tienen lugar en torno a la presencia de iglesias y conventos católicos que albergan en gran medida, el legado cultural y religioso de la ciudad antigua. Esta identidad religiosa se ha convertido con el paso del tiempo en el eje de la memoria del Quito de antaño, y en el atractivo turístico principal del Centro Histórico, sustentado también en su reconocimiento como patrimonio cultural de la humanidad. Adicionalmente, es imposible desvincular el referente simbólico del poder político que ha hecho de este un escenario de luchas sociales que han forjado la historia tanto de la ciudad como del país.

Así, la experiencia cultural que se puede vivir en el Centro Histórico quiteño, estará mediada por las múltiples dinámicas que lo atraviesan y que conviven en él y por tanto pueden ser tan variadas como las posibilidades que el término cultura pueda albergar. No obstante, en la oferta cultural algunas propuestas son más visibles que otras, sobre todo aquellas que responden a ciertos imaginarios inscritos en estéticas europeas o aquellas que conllevan una visión de lo local folklorizante o patrimonializada.

En este sentido, en los diferentes espacios municipales que van desde el parque de La Alameda hasta el sector de Chimbacalle hay una oferta cultural permanente que tiene lugar en teatros, museos y centros culturales, la cual, se genera desde las instancias rectoras de las políticas culturales del gobierno local. Análisis particular merecería, los mecanismos de diálogo y participación que tienen los actores  y gestores culturales en el diseño y ejecución de las políticas y en el funcionamiento y programación de estos espacios de difusión cultural municipales.

Frente a esta oferta de la municipalidad es imposible dejar de mencionar aquella que con menores presupuestos y recursos logran generar los artistas populares que convocan semanalmente a los transeúntes rutinarios, moradores y trabajadores de la zona, que se dan cita en las plazas. Sin embargo, este tipo de propuestas populares no son sujetas de promoción de la política pública, sino más bien objeto de control de la policía metropolitana.

En este ámbito de la gestión propia no debe dejar de mencionarse a la propuesta de la Fundación Quito Eterno que desde hace más de una década, implementa recorridos teatralizados con personajes creados a partir de la investigación histórica y que con creatividad se convierten en mediadores del presente y el pasado para quienes habitan la ciudad o para quienes solo la visitan.

Por otro lado, y desde la mirada de los espacios y su apropiación encontramos como caso singular, la experiencia del Parque Urbano Cumandá, un centro de actividades deportivas y culturales que en poco tiempo se ha convertido en parte importante de los barrios que lo rodean, como San Sebastián y La Loma. Un espacio contiguo a la calle La Ronda que rompe con las dinámicas nocturnas y bohemias con las que se ha identificado a esta zona, y promueve el fortalecimiento de identidades culturales vinculadas a la vida en comunidad. El barrio como referente y los vecinos como los principales usuarios.

Esta breve mirada al Centro Histórico quiteño y a sus dinámicas diversas que ofrecen una propuesta cultural igual de variada y no exentas de la conflictividad, plantea inquietudes que pueden ser la punta de hilo de un debate necesario.  Es importante preguntarnos cómo esta diversidad es tomada en cuenta en las políticas culturales que se implementan en este espacio emblemático de la ciudad. En qué medida las ofertas culturales incluyen y articulan esta multiplicidad de realidades culturales o simplemente las desconocen y excluyen. ¿Qué es lo que se promueve y qué es lo que se proscribe y en base a qué criterios?

En suma, cómo hacer posible la convivencia de las ofertas culturales que desde lo turístico, lo histórico, lo político y demás dinámicas tienen lugar en el Centro Histórico de Quito y dejar de lado una idea limitada y homogeneizante sobre lo que nos puede ofrecer. Apropiarnos del Centro Histórico desde la pluralidad.

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