Opinión

¿Por qué marché el #25N?

Por Gabriela Moreano*/ Fotos de Ricardo Guanín y Gabriela Moreano

Quiero empezar aclarando que no soy una “feminazi odia-hombres”. Tengo padre, hermanos y pareja. Mi núcleo masculino, my boys, como a veces me refiero a ellos, afortunadamente, está conformado por personas ejemplares: son hombres que entienden mi lucha, así como la de miles de mujeres en el mundo; son hombres que saben que no es no, que no se nos toca si no queremos, que no se nos somete, que no se nos viola ni se nos asesina; son hombres que saben que las mujeres tenemos las mismas capacidades y potenciales que ellos.

Sé que mi pareja es feminista. Pienso que mis hermanos también lo son, aunque nunca los he escuchado proclamarse. Por cuestiones generacionales, y tomando en cuenta la educación de mi padre (colegio de varones, jesuita) y su procedencia familiar (padre y madre ecuatorianos, serranos, patriarcales, religiosos y conservadores), no sé si pueda autodenominarse “feminista”, aunque en realidad lo sea.

La palabra feminismo está cargada de connotaciones erróneas. El feminismo no es la antítesis del machismo: no propone la supremacía de la mujer por sobre el hombre. El feminismo, en términos muy generales, parte del planteamiento, real, de que existen jerarquías e inequidades entre sexos, por lo que busca la igualdad de derechos y oportunidades tanto para hombres como para mujeres, así como la ruptura de estereotipos de género.

Vivas Nos Quremos, 25 de noviembre/ Foto de Ricardo Guanín.

Desde que tengo memoria he sido feminista. Sin embargo, desde hace solo un año soy militante activa. No sé por qué me tomó tanto tiempo, pero sé cuáles fueron los factores en juego para que lo hiciera: el primero, Karina del Pozo. Fue el primer caso de femicidio del cual fui totalmente consciente y lo sentí como propio. Para los que no saben o no lo recuerdan, Karina del Pozo era una chica quiteña, de 20 años, que en el 2013 fue violada y asesinada por su grupo de amigos. Fue el primer femicidio que se viralizó en redes sociales en el país, tal vez por eso la cercanía: Karina estaba en todas partes, Karina era amiga de todas, todas éramos Karina. Recuerdo haber llorado su muerte.

Después de Karina, los casos de mujeres violadas y brutalmente asesinadas, en el país y alrededor del mundo, empezaron a ser el pan de cada día. No solo eso: me volví más consciente del peligro y de todo lo que implica “ser mujer” en nuestro país. Es decir, aprender a ignorar el acoso callejero: a no escuchar a los hombres que te susurran cosas al oído cuando caminas, a apartar la mirada cuando te desvisten con la suya, a estar en un constante estado de alerta para que no te toquen indebidamente en el transporte público, a vigilar la ruta del taxi en el que estás; aprender también que socialmente no eres tan relevante como los hombres: que para las mujeres en el campo laboral la competencia se sustenta en el aspecto físico, mas no en el intelectual, y que nuestras opiniones no son tomadas en cuenta porque provienen de nosotras, de mujeres; a aceptar también realidades amargas, como que tus amigos “progresistas” tengan aún desagradables rezagos machistas. Aceptar, en fin, que en la generalidad de nuestro país las mujeres somos cosificadas y sometidas.

El segundo factor, Marina Menegazzo y María José Coni o, como internacionalmente se las conoció, “las argentinas mochileras”. Marina y María José fueron torturadas, violadas y bestialmente asesinadas en Montañita. Su condición de extranjeras y el involucramiento de la prensa internacional ayudaron para que se hiciera justicia de manera (relativamente) rápida, aunque todavía quedan muchos cabos sueltos. Lo que más me marcó en esa ocasión fueron el discurso mediático y las “justificaciones” (si cabe esa palabra) que se dieron para que semejante cosa les hubiera sucedido. “Viajaban solas” y “estaban borrachas” son algunos de los argumentos totalmente fuera de lugar que se usaron.

Vivas Nos Queremos, 25 de noviembre/ Foto de Ricardo Guanín.

Entiendo que haya veces que, a falta de lógica y humanidad, aflore la estupidez. Pero este reproche que se hace a las víctimas del machismo y las excusas para justificar una violación y un femicidio son patrones que se repiten en todo el mundo. Que esto quede muy claro: las causas de las violaciones son los violadores. Las mujeres podemos viajar solas, estar borrachas, llevar escote, vestir con falda, estar desnudas o bailando, y nadie (repito: nadie) debería ponernos un dedo encima si no lo consentimos.

Esto me remite al caso de “La Manada”: tenemos a cinco hombres que abusaron, agredieron y violaron a una chica de 18 años en las fiestas de San Fermín, en Pamplona, España. Existen videos y mensajes de texto que comprueban lo sucedido. El abogado de los violadores, por su parte, contrató a un detective privado para que vigilara a la víctima y comprobara si, en efecto, había sufrido algún trauma. El juez rechazó los videos y mensajes que corroboraban la violación y aceptó las evidencias provistas por el detective privado. Estas, fotografías subidas por la víctima en sus redes sociales, demuestran, según la defensa, que la víctima ha sido capaz de llevar una vida normal y que parece no estar traumatizada, por lo que proponen descartar la teoría de la violación. En otras palabras, se está juzgando a la víctima por haber sido capaz de llevar una vida normal después de haber sufrido una violación. Irracional e indignante, ¿no? ¿Bajo qué lógica funciona la justicia?

Vivas Nos Queremos, 25 de noviembre/ Foto de Ricardo Guianín.

El tercer factor, #MiPrimerAcoso, una iniciativa en redes sociales que surgió de un colectivo de mujeres en Ecuador. Se conformó como un grupo cerrado de Facebook en el que las mujeres podían publicar sus experiencias de acoso y abuso; fue una especie de terapia de liberación y purificación para muchas. Para mí representó el momento cúspide: me paralicé y sufrí al enterarme de que mujeres cercanas a mí, mujeres hermosas y valientes que conocía, habían sido víctimas, habían sufrido traumas y experiencias de las que difícilmente una se recupera por completo. Algo en mí se quebró. El mundo se vino abajo y tuve una mezcla de sentimientos que hasta el momento no he sido capaz de expresar; la única reacción que mi cuerpo fue capaz de ejercer fue el llanto. Lloré por tres días, acogí su dolor, su proceso de luto, proyecté sus experiencias, ¡porque es verdad que si tocan a una, nos tocan a todas!

La lucha de una se convierte en la lucha de todas, porque ¿qué te garantiza que no te puede tocar a ti? Muchas veces, cuando me enteraba de casos de feminicidio, me preguntaba: “¿y si me toca a mí?”. De repente, analizando el panorama, aceptando la brutal ola machista que se vive en todo el mundo, el condicional ha desaparecido y me pregunto: “¿cuándo me toca a mí?”.

Por esto el 25 de noviembre salí a marchar: por cambiar una sociedad injusta, por cambiar leyes que no nos amparan, por acabar con el machismo, por las que ya no están, por las que están y luchan sin gritar, por las guerreras que han podido sobrellevar su trauma y construir nuevamente su vida, por los miles de niñas y niños que han sufrido abusos y a los que se les ha arrebatado de la manera más cobarde su inocencia.

Por las mujeres, por mi abuela, por mi madre, por mí.

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* Comunicadora y publicista, graduada de la Universidad Ramón Llull de Barcelona. Escritora, cinéfila, feminista y activista.
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