Opinión

Quiero vivir en el país más bonito del mundo, para trabajar en el mejor oficio del mundo

Cuando tenía 8 años intuía a qué me quería dedicar el resto de mi vida. Creía que los periodistas eran las personas más inteligentes del mundo, pues me bastaba ver el noticiero y asombrarme cómo cada noche podían saber tantas cosas y siempre distintas, aunque casi nunca entendía lo que decían. Eran una especie de enciclopedias que se sentaban en una silla para contarnos un poco de lo que sabían y nos citaban todos los días a la misma hora para que los escucháramos.

Mi primer acercamiento con esta profesión fue 10 años después, en la facultad de comunicación, en una ciudad en el cono sur, donde terminé de entender por qué los periodistas sí tienen vastos conocimientos, pero no por ser seres privilegiados o de otro mundo, sino porque eran grandes lectores y siempre estaban dispuestos a aprender, que veían el mundo con otros ojos y ante todo amaban lo que hacían.

Poco a poco fui entendiendo de qué se trataba ser periodista y en mis manos cayeron varios textos, pero el que nunca voy a olvidar era uno que se titulaba: “el mejor oficio del mundo”, de Gabriel García Márquez, donde encontré la respuesta de mis deducciones de infancia: “el oficio imponía la necesidad de formarse una base cultural, y el mismo ambiente de trabajo se encargaba de fomentarla. La lectura era una adicción laboral…”

Después de ese momento intenté aprender todo lo que podía y grabarlo en mi cabeza para nunca olvidar. Si bien las dos universidades en las que transité me dieron grandes conocimientos. La primera sala de redacción a la que me enfrenté me hizo entender porqué es un oficio y no una carrera de títulos, pues todos los días tienes que usar las herramientas que aprendiste, pero de forma distinta y tratando de cubrir esos conocimientos que no te enseñaron en una aula sino que solo te das cuenta que necesitas cuando te enfrentas a un entrevistado, cuando lees un texto donde no conoces la mitad de los términos técnicos, en mi caso de arquitectura, del mundo empresarial y turismo. Nunca olvidaré las charlas que tenía con mi jefe, un argentino muy alto y blanco como el papel, que con mucha paciencia me enseñó todos lo que pudo y me hizo ver el mundo con otros ojos, el de los que miran más allá.

O de ese otro jefe, que me dijo que no hay mejor periodismo que el que se hace a pie y puedes contar historias, la vida de alguien más y que nunca deje de preguntar.

Hasta hace 18 días pensaba que vivía en el país más bonito del mundo, en el que se podía ejercer el mejor oficio del mundo; a pesar de los problemas políticos, creía que nadie podía detener mis sueños de juventud, que de seguro fueron y serán los de muchos otros jóvenes como Javier, que renunció a lo que muchos creían que era una vida mejor y apostó ciegamente por lo que sentía, su vocación.

A Paúl, que dejó su carrera publicitaria para que la luz entrara por el lente de su cámara y nos muestre lo que los otros no podíamos ver.

Y Efraín, el que sí entendió y sintió el oficio, el que no temía ir al lugar de los hechos y apoyar a sus colegas. El que sintió tanta pasión que le contagió a su hijo.

En cada uno de ellos me siento identificada hoy, porque el periodismo se lleva dentro, es apostar por lo que pocos creen, es batallar cada día para que sea posible. Estoy segura de que ellos vivieron haciendo lo que amaban.

Quiero seguir viviendo en el país más bonito del mundo, para seguir trabajando en el oficio más bonito del mundo. Quiero hacer, parafraseando a Kapuscinski, periodismo y no relaciones públicas, para no incomodar.

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