Identidades

Vida de artista: la búsqueda de la magia antes de abrir el telón

Por Roberto Moreano / Fotos María José Coronado

Apenas falta una hora para el inicio de la función y Raúl García se da cuenta que se olvidó de traer los zapatos de Rulo, el personaje al que ha interpretado en los últimos años y que esa noche saldría a escena por última vez en Barcelona.

Se lo dice a su novia, Dana (quien también actuaría esa noche en un espectáculo conjunto), de manera casual, casi desinteresada. “Me olvidé los zapatos”. Ella reacciona  aún con más calma ante el olvido: “Lo llamo a mi hermano para que los traiga”. Raúl parece negar con la cabeza, aunque pensaba -y estaba convencido- de lo contrario. Dana lo sabía y por eso se contacta con su hermano de todos modos.

Treinta minutos después los zapatos llegan.

Mientras las botas de Rulo viajan de un algún punto de Barcelona hasta el Centro Cívico Torre Llobeta, cuarenta minutos antes de que se abra el telón, aún no parece estar todo listo para el espectáculo. Cualquier otra persona, uno asume, entraría en pánico, en un estado de histeria/enojo/ebullición. El humo que debe aparecer en la tetera no parece funcionar: soplar en el conducto, revisar que no esté obstaculizado. No aparece la pasta de dientes para el truco: recorrer el escenario, mover ropa, herramientas y bultos. Encontrado.

Raúl y Dana (espaldas), ensayan su número para su últmo acto en Barcelona.

Las encargadas del Centro Cívico, que han trabajado con Raúl y Dana por algunos años, asumen la desprolijidad con cierta normalidad. “Son como de la familia”, dicen. Seguramente por eso, anticipando lo que ya había pensado Raúl, una de las encargadas se dirige al backstage y pregunta cuánto tiempo más (era ya la hora de inicio). “Unos 10 a 15 minutos más”, espeta Raúl. La encargada sale con la sonrisa de aquellas personas que ya conocían la respuesta, pero necesitaba escucharla.

Diez minutos después de la hora indicada en los tickets, el público ingresa a la sala. Raúl, tras bastidores, escucha como se llena el anfiteatro. Camina de un lado al otro, estira, ejercita los músculos de la boca. Camina un poco más, ejercita el cuello y los hombros, se golpea los cachetes, se acerca a Dana para realizar un último ritual de arenga.

Es sábado 10 de febrero cuando las luces se apagan y Rulo aparece en escena. Descubres, en ese momento, que el caos y angustia previos al inicio del espectáculo, son algo que solo sienten los de afuera. En su cabeza, Rulo tenía todo bajo control.

***

Al personaje de esta historia lo conocí hace 11 años. Recuerdo con distinción su cabello largo, siempre lo llevaba recogido en un cola y mientras estuvo en Ecuador nunca lo vi con el pelo suelto. Siempre pensé que su cabello era una expresión de rebeldía contenida: lo llevo largo, pero arreglado. Al fin y al cabo estudiaba Economía en la Universidad San Francisco de Quito, vivía con sus padres que tenían (y todavía tienen) una empresa vinculada al sector turístico y era hincha de El Nacional.

Si algo era peculiar en él, era su afición a la magia.

Su primer acercamiento a la magia, sin embargo, tuvo muy poco de místico y mucho de ordinario. Raúl tenía 20 años (ahora tiene 32) y recuerda que el padre de uno de sus buenos amigos tenía un local donde organizaba eventos. Un día, le comentaron que uno de los eventos continuos que organizarían era un curso de magia. “Me apunté al curso y ya”, dice. A partir de ahí, el cambio en su vida sería progresivo.

Como la mayoría de jóvenes, Raúl recorría un camino predibujado: después del colegio, entraría a la universidad, se esforzaría en la carrera para graduarse sin retrasos y, posteriormente, haría una especialización. Lo primero que estudió fue Marketing, pero le aburrió enseguida, así que cambió a Economía. La materia le aburría menos, pero la monotonía aún le abrumaba.

De todas formas, tenía ya decidido que después de graduarse estudiaría su maestría en Marketing o Economía en China, el país que en esos años emergía como el más influyente, tanto empresarial como políticamente. Pero Raúl no estudiaría ningún posgrado ahí.

“Como todos, hemos sido impuestos esta idea de éxito: tener dinero, tener tu casa y demás. Entonces nos vemos obligados a tomar ciertas decisiones que no sé si verdaderamente nos pertenecen a nosotros”, comenta Raúl mientras narra cómo la magia pasó de ser un hobby a un modo de vida.

En 2006 ingresó a su primer curso de “magia serio”. Su profesor se llamaba Fosfortio, una imagen de él aparece en un mural del Teatro Nacional Sucre como conmemoración a los artistas ecuatorianos. Un par de años después, aprendió de Andrés Castro, uno de los magos más reconocidos que tuvo el Ecuador.

Entre 2011 y 2013, Raúl ya compaginaba su trabajo para una agencia de cruceros a Galápagos y los shows en donde era contratado como mago. “Empecé a ganar mucho más como mago que en el trabajo regular”, recuerda. Sus actos y habilidades eran tan poco comunes en el país que pronto destacó. No solo empezó a “armar shows” él solo, sino que consiguió un trabajo para Malboro como embajador de marca. Era un trabajo que le hacía recorrer varios lugares dentro y fuera de Ecuador y le pagaban bien; “muy bien”, aclara.

Pronto se dio cuenta que no tenía sentido seguir trabajando en una oficina cuando se divertía mucho más haciendo magia. Así que decidió renunciar a la empresa de cruceros a Galápagos y, con ella, a ese trayecto de vida predibujado que la mayoría recorremos más por sinergia que por convencimiento. “No era justo ni para ellos ni para mí. Había días que les mentía diciendo que estaba enfermo o que surgió un problema para poder asistir a una presentación”.

Pero si este era un momento de inflexión en esta nueva dirección de su vida, el mismo estaba incompleto. Tras la muerte de Andrés Castro, su último maestro de magia, Raúl, junto con otro compañero, se encontraron en una posición nueva: ya no tenían de quien aprender más. De hecho, varios de los magos en formación los miraban a ellos como los llamados a convertirse en los nuevos maestros.

Si bien empezaron a compartir sus conocimientos, Raúl aún sentía que le faltaba mucho para ser profesor.

El cambio de “carrera”, entonces, debía venir de la mano de la necesidad de crecimiento profesional en la magia. “Era muy bueno haciendo magia de cerca, con las cartas, hablando con los asistentes”, recuerda. Pero sentía la necesidad de ser un mago más completo. Para ello debía dominar el escenario, es decir, aprender a comunicar con el cuerpo. De ahí que, además de magia, debía formarse como artista.

Ahí es cuando apareció Barcelona en el horizonte.

“La magia fue como una bocanada de aire. Me hizo ver que tenía muchas más opciones que las que aparecen en ese camino que nos preinstalan”.

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Cuando decidió viajar a Barcelona, Raúl había logrado, insospechadamente, vivir de la magia en Ecuador. Había logrado comprarse un departamento. “Estaba en planos aún, por eso era más barato de lo usual”, dice casi con recelo. Había logrado introducirse en la industria de la magia (del entretenimiento, en realidad) de una manera disruptiva. Pocos hacían el tipo de espectáculo que él brindaba y eso le permitió no solo diferenciarse, sino también sacar réditos económicos. Su trabajo, particularmente con Malboro, le había permitido ahorrar lo suficiente para emprender una nueva aventura lejos de casa.

Su idea era llegar a Barcelona y empezar a contactarse con los magos locales y sumergirse en su ecosistema poco a poco. Pero, si bien había escuela de magos, ninguna era formalmente reconocida como universidad. Así que no podía sacar su visa a través de esas instituciones. Resolvió inscribirse a una escuela de mimo y teatro físico. Ésta sí era una escuela reconocida oficialmente y podía sacar sus papeles a través de ella. “Pudo haber sido esa universidad como otra. En realidad, en principio, solo busqué la más barata para procesar la visa”.

Y así, como casi todo en esta transformación de Raúl, las cosas iban encajando con altas dosis de casualidad: en esa escuela de mimos y teatro físico no solo perfeccionó y evolucionó a Rulo hacia nuevos caminos artísticos, sino que ahí conoció a Dana Martínez, su actual pareja, quien, desde Venezuela, había aplicado a esa misma escuela, a ese mismo programa y ese mismo año.

Cuando le pregunto sobre su primera experiencia de magia en su nueva ciudad, Raúl encoge los hombros y esboza una media sonrisa. “Llegué a la reunión de club de magos y me pidieron que haga una rutina”. Decidió que haría la misma que le sirvió para ganar un concurso en EEUU algunos meses atrás. “Me presenté, les dije que había llegado hace 3 días a Barcelona y arranqué con el truco. Apenas empecé, alguien me interrumpió y me dijo: “Perdona, ¿no lo puedes hacer en catalán?. Raúl pasa de una media sonrisa a una risa completa. “Le dije que no, no podía. Pero que si le parece la podía hacer en quichua”.

Pasó poco tiempo para que Raúl deje de asistir al club. Aún en ese oficio, las estructuras y comportamientos gremiales terminaron por alejarlo. Su escuela no estaba necesariamente ahí, sino en todo lo nuevo que lo rodeaba.

Rulo y sus compañeros llevan a cabo un número, en Barcelona (Cortesía Raúl García)

Raúl recuerda que la escuela de mimos le permitió conocer a personas “talentosísimas y que hacían cosas increíbles”. Uno de sus compañeros hacía contact (una técnica de danza que permiten improvisar a propósito de puntos de contacto). “Era brutal lo que hacía. Así que nos juntamos y dijimos hagamos un show: tú haz esto, yo esto, aquí esto y ya. Lo sacamos en un día”. Una vez preparada la rutina, mitad magia mitad contact, recorrieron el show por barrios, plazas y calles de Barcelona; asimismo, pidieron acceso a centros culturales de la ciudad y éstos les abrieron las puertas para actuar. “Fue muy lindo el show y lo recorrieron bastante tiempo”, apunta Dana.

Dana, que estudió específicamente danza, también fue compañera de show de Raúl. “La forma en la que ella se puede expresar con el cuerpo es tremenda”, comenta. “A mí me falta eso, entonces la idea era combinar esas prácticas y hacer cosas juntos. Divertirnos”. Ese número recorrió los mismos lugares: barrios, plazas y centros cívicos culturales.

Como esas, Raúl tenía varias experiencias más. Pero cuando le pregunto específicamente sobre su crecimiento como mago, repara en un nombre propio: Gabi Pareras. “Para mí fue una suerte estar con él”. Pareras es un mago catalán que es considerado como uno de los grandes referentes, siempre desde el underground; es decir, dedicado más a la docencia que a convertirse en una figura.

Con él, Raúl dice haber reaprendido la magia. La empezó a mirar como una acción ficcional, que se construye a propósito de metáforas y no de la realidad. Esto implica que la magia es  mucho más que un conjunto de trucos. Se convierte en una disciplina artística que exige un verdadero reto creativo y expresivo para imaginar y crear relatos completos que respondan a la personalidad de cada mago, o mejor dicho, de cada artista.

La búsqueda de esa identidad es siempre inconclusa, pero solo recorriendo el camino se puede empezar a encontrarla. Y eso, justamente, es lo que ha hecho Raúl hasta el momento.

Después de casi cuatro años en Barcelona, con una visa de turista caducada desde 2015 y con mucho menos dinero que con el que llegó, Raúl decidió que la formación de Rulo debe continuar en otra ciudad. Pero antes, debía hacer un último número en Barcelona.

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Rulo (izquierda) y Dana utilizan el abanico para el último acto de cierre de su show.

Es sábado 10 de febrero cuando las luces se apagan y Rulo, junto con Dana, aparecen en escena. Cuando los ves, descubres que el caos y angustia previos al inicio del espectáculo son algo que solo sienten los de afuera. En escena, dominan el entorno, al público y su relato.

Al finalizar, además de los aplausos de la audiencia, las encargadas del Centro Cívico Torre Cívico Llobeta entregan a Raúl un ramo de flores y unas palabras de aliento en su nueva aventura.

Como cuando dejó Quito, hoy deja Barcelona más por corazonadas que por certezas. Su nuevo destino es Buenos Aires. Ahí, dice Raúl, ha encontrado un mago que le permitirá terminar un show que empezó a construirlo en Barcelona, pero que todavía no tiene cierre.

Cuando lo miro, reparo otra vez en su cabello: lo llevaba rapado a los lados y, en el centro, ha dejado una línea de pelo que a medida que se acerca a su frente se vuelve más curvo.

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