Opinión

Siempre nos faltarán los tres

“Con cuidado, mijo, tú ya sabes por dónde y hasta dónde ir”. Esas palabras se las dijo el editor de Seguridad y Justicia de El Comercio a Javier Ortega hace dos años, cuando lo designó para la cobertura del proceso de paz entre el Gobierno colombiano y la guerrilla de las FARC. Probablemente esas mismas palabras las pronunció hace 18 días, antes de que viajara a Mataje.

El riesgo de ese tipo de encargos vuelve importante cada consejo, aunque un periodista experimentado como Ortega los hubiera oído una y otra vez y se los supiera de memoria; o aunque un fotógrafo como Paúl Rivas hubiera arriesgado su integridad física en tantas ocasiones para mostrarnos las realidades más dolorosas e inquietantes; o aunque Efraín Segarra conociera ya, como testigo de tantos sucesos, lo terrible que puede ser el mundo.

El hecho es que la labor periodística conlleva algo que muy pocos entienden: una pasión inexplicable por conocer la verdad, por contarla. Se trata de una tarea donde el ser humano renuncia al temor y rompe con uno de nuestros enemigos más fuertes: el silencio.

Javier Ortega era un periodista comprometido y experimentado. Ya antes había cubierto temas complejos relacionados a casos de corrupción y delincuencia. Siempre fue, en su sección del diario, el periodista más indicado para las coberturas en zonas de alta complejidad.

Un caso similar es el de Paúl Rivas, quien trabajó en El Comercio desde 1999 como fotorreportero. Su cámara capturó para ese diario hechos políticos, sociales, deportivos… Eso le llevó a alcanzar siete premios de fotoperiodismo en Ecuador.

El conductor Efraín Segarra trabajó con los equipos periodísticos de El Comercio por 16 años. Él y su vehículo aprendieron a su manera la labor del periodismo, porque donde estaban los reporteros del diario, estaba él, siempre dispuesto a quedarse, a rodear la cuadra una y otra vez hasta que sus compañeros aparezcan con la información obtenida.

El periodista polaco Ryszard Kapuscinski decía que las malas personas no pueden ser periodistas, y no se equivocaba. Javier, Paúl y Efraín eran, sin lugar a dudas, buenas personas. Su labor profesional de estos años lo demuestra, claro, pero lo hace aún más lo ocurrido en Mataje.

Porque de cierta manera, los tres aceptaron el durísimo encargo de seguir construyendo nuestra memoria, de alimentarla con historias y personajes que debían buscarse en lugares donde nadie más quiere husmear, donde a uno lo miran mal, o lo amenazan, o lo persiguen, o lo dañan.

La entrega de ellos fue más allá de la simple nota periodística que se lee, se comenta y luego se olvida. Se trató de un desafío hacia aquellos que pretenden atropellar a los demás, aterrorizando pueblos enteros, sembrando la incertidumbre y desterrando la paz. Lo de ellos fue un piedrazo contra los que pretenden sumirnos en el caos de la ignorancia para cosechar intereses mezquinos y crueles.

Su presencia en Mataje resultó una amenaza para quienes se agazapan entre la penumbra y justifican sus hechos tildándolos de ideológicos. Lo fue porque dejaba en claro que hay quienes sí están dispuestos a jugarse el todo por el todo sin ningún otro objetivo que decirnos “esta es la verdad, esto está pasando”. En Javier, Paúl y Efraín no había mezquindad, sino pureza, y eso no lo podían soportar quienes amedrentan con balas allí donde las palabras no tienen cabida.

Es realmente triste lo ocurrido con los tres periodistas, porque nadie merece morir así, “antes de morirse buenamente”, porque nadie tiene el derecho de arrebatarle la vida a tres personas buenas, que dejaron sus casas para cumplir con algo que no solo era un trabajo, sino una obligación; una obligación ética que ellos habían asumido para consigo.

Y digo tres periodistas porque Efraín Segarra era uno más en ese equipo. Asumió el mismo riesgo que sus compañeros, anduvo con ellos, los siguió hasta donde el deber lo exigía y se mantuvo firme, pese a las dificultades de la labor periodística. Siempre lo hizo junto a tantos otros periodistas a lo largo de su trabajo en El Comercio.

Pero ninguno de ellos ha muerto realmente. Ahora los periodistas tenemos, más que nunca, la obligación de mantener vivos a los tres. Debemos hacerlo en nuestro trabajo diario, en las palabras que escribimos, en la obsesión por contar la verdad, pero sobre todo en la pasión con la que enfrentamos el miedo que causan quienes no soportan mirarse en el espejo de la prensa libre.

Ahora queda en todos los ecuatorianos mantener la esperanza de que hechos como los ocurridos, esos mismos hechos que los periodistas del El Comercio estaban dispuestos a evidenciar, nunca más ocurran. No podemos, ni debemos, abandonar el anhelo de un país donde nadie se muera por salir a trabajar, donde nadie tenga que callarse por temor a las represalias, donde podamos transitar tranquilamente por nuestras calles. Así mantendremos vivo el trabajo de Javier, Paúl y Efraín, así los mantendremos vivos en nuestra memoria.

Que no se nos olvide nunca que esta hora oscura debe ser también la hora en la que más revistamos de dignidad el recuerdo de esos tres seres humanos. De esa dignidad con la que salieron de sus hogares, de esa dignidad con la que cumplieron su deber hasta el final.

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