Por Génesis Anangonó, Cristian Chicaiza y Ricardo Estrella

Cuando la gente va a un hospital lo hace en busca de atención médica, con el fin de aplacar sus dolencias y de alargar su vida, o al menos vivir adecuadamente el tiempo que les resta. Ir a una consulta médica es algo cotidiano, todos en algún momento enfermamos y necesitamos asistencia. Desaparecer de un hospital, sin embargo, parece algo imposible. La mayoría confiamos que los hospitales son lugares seguros. Creemos que de los hospitales no desaparece gente. Pero pasa, y no dejan rastro.

Álvaro Miguel Nazareno era un joven de veintisiete años, oriundo de la provincia de Esmeraldas. En el 2009 fue diagnosticado con una enfermedad catastrófica, el tratamiento para su afección se llevó a cabo en el Hospital de Especialidades Eugenio Espejo en Quito durante dos años —su médico tratante fue Alberto C.— hasta el lunes 14 de marzo de 2011, día en que ingresó al área de Emergencia para luego desaparecer.

Maribel Angulo, madre de Álvaro Nazareno, dice que ese día inició “un camino de espinas”, plagado de ineficiencia, negligencia y burocracia por parte de las instituciones gubernamentales, que no han podido dar con el paradero de su hijo, sancionar a los responsables o, al menos, explicar qué pasó con él.

Señora, ¿en dónde está el paciente?

En menos de dos meses se cumplirán ocho años de la inexplicable partida de Álvaro, pero Maribel —como la mayoría de las madres— no ha dejado de pensar ni un solo día en él. Ella recuerda que su hijo llegó a Quito el domingo 13 de marzo de 2011, desde Esmeraldas, junto a su abuela materna, debido a un quebranto en su salud provocado por su enfermedad. Angulo recibió a su madre e hijo en la antigua terminal de la Cooperativa de Transporte Trans Esmeraldas, en el Condado, aproximadamente a las 17:00 e inmediatamente se trasladaron hacia el hospital. Para ese entonces, Álvaro ya no podía mantenerse en pie, por lo que  Maribel y su esposo tuvieron que ayudarlo a subir y bajar del auto cuando llegó de Esmeraldas y también cuando fueron al Hospital Eugenio Espejo.

Maribel asegura que aunque llegaron al hospital alrededor de las 18:00, fueron atendidos sobre las 21:00 por la doctora Judith V., quien negó el ingreso asegurando que no había camas disponibles. Maribel recuerda que le explicó a la doctora la necesidad que tenía su hijo de ser atendido urgentemente porque no podía pararse —además tenía difteria aguda, 39 grados de temperatura, vómito y deshidratación— a lo que Judith. V. respondió “No, todos vienen a decir que casi no se pueden parar”. Maribel insistió, pero la doctora siguió negándose a firmar el ingreso “sin despegar su mirada del teléfono”. Ante la insistencia de la madre, la doctora se limitó a recetar al enfermo una tableta de Paracetamol que debía tomar después de cada comida.

Receta de Paracetamol para Álvaro

A eso de las 22:00 regresaron a su casa. Maribel trató de alimentar a Álvaro, sin embargo él se negó a comer, dijo que “sentía que todo se le venía encima”, solo ingirió la tableta de Paracetamol que Judith. V. le había recetado. Horas más tarde empezó a convulsionar por la fuerza de la fiebre, respiraba con dificultad y —tras desvariar por un momento— perdió el conocimiento. Cuando despertó del desmayo Maribel asegura que su hijo ya no fue el mismo. Empezó a balbucear hasta que se durmió.

A las 5:00 del día siguiente, Maribel despertó a Álvaro con ayuda de su hermano menor, Miguel;  lo bañaron, lo vistieron e intentaron alimentarlo, a lo que Álvaro se negó. Mientras la familia se preparaba para llevarlo al hospital, él señalaba la puerta y balbuceaba, nuevamente, diciendo “ahí vienen los angelitos, me vienen a llevar”. Ante esto, su madre se estremeció, por lo que empezó a llorar intuyendo que algo malo iba a pasar, sin imaginar que éstas serían las últimas palabras que escucharía de su hijo.

***

A eso de las 6:00 la familia de Álvaro llegó al hospital. Fueron en busca del doctor Alberto C. —médico internista que trataba a Álvaro— quien había recomendado a su madre el internamiento de su hijo en caso de cualquier emergencia o deterioro de su salud. Aproximadamente a las 10:30, el médico dispuso el ingreso mediante una orden por emergencia, especificando que no era una consulta.

Recomendación de internamiento de Álvaro

Álvaro fue internado  a las 11:03 y su ingreso al área de Emergencia fue registrado por el doctor Edwin C., quien le hizo una serie de preguntas para conocer su estado; sin embargo, él no pronunció ni una sola palabra, nunca le dijo nada, por lo que su madre respondió con la información que la abuela materna le había proporcionado.

La madre de Álvaro recuerda que el médico dispuso la realización de exámenes de sangre y la colocación de un suero, para ello solicitó la compra de un equipo de venoclisis —implementos utilizados en la aplicación de sueros— y tres ampollas de metamizol —analgésico para tratar el dolor moderado— que no había en la farmacia del hospital, por lo que Miguel, el hijo menor de Maribel, salió a comprarlos en alguna de las farmacias aledañas al Hospital. Al regresar, Miguel entregó el encargo y abandonó la sala de Emergencias. Maribel comenta que la enfermera aplicó el suero y extrajo sangre del brazo de Álvaro, e inmediatamente le pidió que lleve dicha muestra de sangre al laboratorio. Maribel se negó a dejar a su hijo solo por su delicada condición solicitando que se le permita el ingreso a Miguel —que antes fue expulsado por el doctor Edwin C., porque el protocolo solo permite el ingreso de un acompañante por paciente— pero la petición fue negada.

Orden para llevar muestra de sangre.

Según la madre de Álvaro, en el cambio de turno una segunda enfermera le solicitó nuevamente llevar las muestras de sangre al laboratorio, argumentando que; debido al tiempo que había pasado desde que fueron extraídas (aproximadamente dos horas y media), podrían estropearse —la sangre de Álvaro estaba contaminada con el Virus de la Inmunodeficiencia Humana (VIH), el protocolo exigía, entonces, que las muestras sean trasladadas por personal médico del hospital. No obstante la muestra fue entregada a Maribel para que sea ella quien la transporte, incumpliendo todos los procesos de seguridad.— La madre de Álvaro tomó la muestra y se dirigió al laboratorio. según relata, tardó entre 10 y 15 minutos en volver.

Maribel caminaba de regreso por el pasillo cuando la misma enfermera le preguntó con “tono irónico”:

— Señora, ¿En dónde está el paciente?

— ¿Cómo qué en dónde está el paciente? Si mi hijo quedó sentado aquí

— Pero mire, ni el paciente ni el suero.

Desde ese día hasta la fecha Álvaro está desaparecido.

***

Inconsistencias en la desaparición

Al ser ingresado en el área de Emergencias, Álvaro fue admitido por el doctor Edwin C., quien emitió la receta que, posteriormente, Maribel tuvo que comprar en una farmacia fuera del Hospital Eugenio Espejo. Sin embargo, en la hoja de ingreso se encuentra la firma y sello del doctor Luis V., a quien Maribel asegura nunca vio y hasta ahora no ha sido llamado a declarar.

Tras la desaparición, el doctor Edwin C. buscó la hoja Nº 8 del ingreso para hacer constar que Álvaro ya no se encontraba en el hospital, pero no la encontró. Dicho documento aparecería tiempo después, en medio de las investigaciones, con el segundo nombre del paciente —nombre que no usaba— constando como el primero.

El doctor Alberto C. (médico internista que trataba al paciente) rindió su versión de los hechos en la Fiscalía General del Estado confirmando que la condición de Álvaro Nazareno al momento de ser internado le impedía mantenerse en pie por su propia cuenta. Ignorando esta declaración, el hospital emitió un oficio al Ministerio de Salud Pública asumiendo que el paciente optó por abandonar el centro de salud por sus propios medios.

Más tarde, el Hospital Eugenio Espejo entregó un segundo documento que contradice al primero, en el que señala que el paciente fue atendido por personas del hospital; no obstante, el personal no prestó atención a las condiciones en las que abandonó las instalaciones del hospital.

***

Nos falta Álvaro

Álvaro fue diagnosticado con VIH en el año 2009, mientras su madre residía en España. En esa época él vivía con su abuela materna, quien lo acompañó desde que fue diagnosticado con esta enfermedad. Cuando Maribel supo sobre el deterioro de la salud de su hijo, empezó a visitarlo cada seis meses, entabló contacto con el médico que lo atendía -Alberto Castillo- y se mantenía informada de la situación médica de su primogénito.

En el 2011 Maribel ya estaba radicada en Quito. Recuerda que quería iniciar algún negocio, por lo que durante los años que trabajó en España ahorró algún dinero. El sueño de emprender duró poco, porque cuando Álvaro desapareció  destinó todos sus ahorros para intentar encontrarlo. Dice que llegó a contratar a 50 personas —que recibían 10 dólares diarios—, para que buscaran a su hijo en todos los sitios posibles. Ella misma junto a su familia emprendieron búsquedas en quebradas, hospitales, barrios considerados de alta peligrosidad, morgues y parques de Quito, Esmeraldas, Quinindé e Ibarra. Pero en ninguno de esos sitios había rastros de Álvaro.

Acostumbrarse a la ausencia de Álvaro ha sido imposible para su familia, aunque los años han pasado el recuerdo de “Babarito” —como cariñosamente le decían— se mantiene vivo, ellos recuerdan sus cumpleaños, los momentos compartidos y hasta su comida favorita. Asimismo,  lamentan que la desaparición “de la perla de la familia” haya sido en condiciones extrañas; y que ni su madre, ni su abuela, ni su hermano —que estaban presentes cuando ocurrió el hecho— hayan podido evitarlo.

La madre de Álvaro conoce de memoria el camino y los procesos que se deben realizar en las instituciones públicas como: la Presidencia de la República, Asamblea Nacional, el Ministerio del Interior, la Fiscalía General de Estado, la defensoría Pública, la Defensoría del Pueblo y hasta de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos donde también presentó una queja. Conoce de memoria los nombres y cargos de la gran mayoría de funcionarios de estas carteras de Estado —los que han estado y los que están—. Ha visto a fiscales, agentes, investigadores y ministros entrar y salir del caso.

Se reunió con el expresidente Rafael Correa, con la exvicepresidenta María Alejandra Vicuña, con el exfiscal Carlos Baca, con el exministro José Serrano, entre otros, pero ninguno de ellos ha podido darle las respuestas que busca. Por el contrario le han generado más dudas, cuando ni siquiera la Policía Nacional puedo explicar lo que pasó con su hijo. La institución interpuso una acción en la que aseguraba que no había indicios de la desaparición de Álvaro.Maribel se niegan a creer que “la Tierra se abrió y se lo tragó”.

La búsqueda continúa

Álvaro Nazareno no es el único paciente que ha desparecido de un hospital público en Ecuador. Luis Eduardo Guachalá Chimbo también desapareció del Hospital psiquiátrico Julio Endara en Quito el 10 de enero de 2004. Zoila Chimbo Jarro, su madre, ha dicho que el joven —que en aquel entonces tenía 23 años— fue internado en la casa asistencial para tratar los ataques epilépticos que sufría. Según narra la madre, dos días después de haberlo ingresado fue a llevarle los medicamentos como lo había solicitado el médico, sin embargo no encontró a su hijo en la habitación que se le había asignado. Ella preguntó por su hijo, pero no le permitieron verlo alegando que estaba sedado y que establecer un contacto con él sería contraproducente para su salud. Chimbo intentó  ver a su hijo durante los días siguientes, hasta que el 17 de enero de 2004 le informaron que el joven supuestamente había escapado —la denuncia por la desaparición de Luis Eduardo fue presentada por el Hospital Julio Endara el 18 de enero de 2018—, pero Zoila rechazó esa versión, asegurando que Luis Eduardo estaba muy enfermo. Ella responsabiliza al hospital por la desaparición y está convencida de que su hijo “nunca salió del hospital”.

Zoila Chimbo junto a otros organismos defensores de derechos humanos presentaron  una denuncia ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) en el 2007, la misma que fue admitida en el 2010 y atendida en Washington el 4 de abril de 2016. Allí Chimbo se enfrentó a los representantes del Estado ecuatoriano y puso en evidencia la negligencia del hospital. La madre, junto con su defensa solicitaron a la CIDH que la desaparición de Luis Eduardo sea calificada como una desaparición forzada —término que se usa para calificar las violaciones de múltiples derechos humanos cuando un individuo desaparece de manera involuntaria—

Los representantes del Estado ecuatoriano manifestaron que el joven habría abandonado voluntariamente la casa de salud, aunque admitieron haber cometido un error al no registrar la salida de Guachalá, —ambos argumentos también se utilizaron para justificar la desaparición de Álvaro Nazareno— pero aseguraron que el Estado ha avanzado “con paso firme” para mejorar la asistencia de la salud mental.

Los comisionados de la CIDH cuestionaron las actuaciones del Estado ecuatoriano frente a esta desaparición y dijeron que existió negligencia al no haber esclarecido las condiciones en que el paciente abandonó el hospital y por no sancionar a los responsables que le permitieron salir del centro psiquiátrico; además, solicitó al país asumir su responsabilidad y reparar integralmente —resarcimiento de tipo material o inmaterial que busca reconstruir aquellos derechos que fueron afectados— a la familia, en vista de que las investigaciones no han dado resultados.

Maribel Angulo, al igual que la madre de Luis Eduardo Guachalá —y como la mayoría de madres en el mundo—, dice que no descansará hasta conocer el paradero de su hijo. Ella lamenta profundamente haber sido un testigo ciego de su desaparición: “A mi hijo se lo llevaron mientras mi madre, su hermano y yo estábamos en el hospital y no vimos nada”. Maribel dice estar rota, con la ausencia de su primogénito siente que le arrebataron una parte de su corazón. Los días transcurren lentos y el recuerdo y la incertidumbre de no saber lo que pasó con “Babarito” no la deja en paz. La mujer que ha invertido todas sus fuerzas, recursos y tiempo en encontrar a su hijo —que el 22 de mayo cumpliría 36 años— sostiene  que hasta el día que “Dios la recoja” seguirá buscando respuestas, no va a callar y seguirá gritando el nombre de su hijo.

Comparte:

Deja un comentario

Tu correo no será publicado. Los campos obligatorios están marcados con *